Dejar marchar por fin

La mayoría de las personas no aprenden nunca a perdonar de verdad. Algunas acarrean cargas hechas de culpa, de dolor o de ira durante muchos años, sin ser conscientes de que las pueden simplemente dejar marchar.

Algo ocurre en tu vida que te duele o te enfada tanto que se convierte en parte de tu ser. Permanece contigo, acechando en la oscuridad de tu mente, esperando el momento correcto para mostrarse y volver a provocar los mismos sentimientos otra vez. En ese momento, repasas la escena como si fueras un detective a la búsqueda de pruebas que demuestren tu culpabilidad, la culpabilidad de otro o la culpabilidad de la vida. Porque alguien ha de ser culpable y no se ha de marchar sin pagar su culpa.

 

Muchos seres humanos pasan años sufriendo por historias que se produjeron en su pasado, historias en las que fueron víctimas o por las que se culpan a sí mismos. Aquellas historias se convierten en viejas películas en nuestro subconsciente que volvemos a ver cuando sentimos dolor, escena a escena, mientras nos preguntamos qué habría pasado si algo hubiese sido diferente. “¿Y si hubiese reaccionado de otra manera? ¿Y si hubiese dicho/hecho algo de otra manera? ¿Y si de alguna manera lo hubiese podido prevenir? ¿Y si los demás se hubiesen comportado de otra forma?” Y así una y otra vez, repasando cada posible, o AHORA imposible, escenario, meditando, pensando, cuestionando.

A veces, esa película hecha de recuerdos ocupa el tiempo de una persona con tanta frecuencia, que se le olvida vivir el momento presente, dejándose arrastrar hasta lo más profundo de su pasado. Y también en ocasiones, sus historias extienden sus tentáculos hasta el hoy, invadiéndolo con creencias que se sustentan sobre la película de su culpa o su dolor. Esas creencias entonces dañan o limitan al ser humano hoy, al impedirle disfrutar de la libertad para elegir y actuar porque el pasado pesa demasiado en sus vidas.

A veces, incluso, esas viejas películas desgastadas se mantienen en secreto, encerradas dentro de la persona para impedir que contagien su veneno y su poder e infecten a otros. Día tras día, se alzan pesadas y dominantes sobre el corazón que las sustenta, hundiéndolo. A pesar de lo cual, la persona se ve incapaz de dejarlas marchar. Porque alguien es culpable y debe pagar. Soltar la película sería una traición y dejaría un vacío y una falta de propósito en su lugar. Al fin y al cabo, esos recuerdos están ahí desde hace muchísimo tiempo.

Y así la vida sigue, infeliz, dura, pesada.

La única manera que tiene una persona de comenzar a fluir y volar es soltando sus cargas puesto que son ellas las que le mantienen anclado. Desafortunadamente, no suele ser tan sencillo como solo decidir hacerlo. La mayoría de nosotros nos aferramos a nuestro pasado y dejarlo ir requiere algo más que una sencilla decisión.

Perdona y olvida,” se nos dice. Sí, pero, ¿cómo se hace eso? ¿Cómo se puede conseguir de verdad?

Perdonando a los DEMÁS y a NOSOTROS MISMOS en los tres niveles de perdón que existen.

El primer nivel de perdón es aquel que concedemos intelectualmente. Pensamos en la situación y  DECIDIMOS perdonar porque tiene sentido. Este nivel de perdón suele ser suficiente para situaciones sencillas o confrontaciones superficiales. Racionalizamos el conflicto y elegimos dejarlo marchar en nuestra mente. También se trata del método de perdón más comúnmente transmitido puesto que hay culturas en todo el mundo que lo exigen a sus niños ya a edades muy tempranas: “pide perdón.” “Acepta las disculpas.”

El segundo nivel de perdón es aquel que se concede con el corazón. QUEREMOS perdonar por la otra persona. Este tipo de perdón requiere un cierto nivel de análisis. Quien perdona primero ha de hacerlo intelectualmente y después decidir personar por motivos sentimentales. El perdón de corazón coloca a la otra persona delante de la acción, y considera que ella es más importante o valiosa que lo que hizo. Encontramos este tipo de perdón en situaciones y conflictos entre familiares, parejas o amigos.

El tercer nivel de perdón es el que se concede cuando el sentimiento desaparece y podemos recordar la historia original que lo causó por primera vez sin el dolor, la rabia, la culpa o lo que fuera que hoy causa en nosotros. Se trata, obviamente, del nivel más difícil porque nunca, hasta hoy, se nos ha enseñado a perdonar de esta manera y requiere haber perdonado a los otros dos niveles antes de poder hacerlo. Las buenas noticias son que, como todo en la vida, esto también se puede enseñar. Aprendemos a transformar la historia en una lección vital y a liberar los sentimientos aprisionados.

Muchos estudios científicos llevan años trabajando en la idea de algo conocido como “memoria celular.” El concepto se refiere a la posibilidad de que nuestro ADN almacene parte de nuestros recuerdos, incluso después de que nuestra mente los haya olvidado. Este tercer nivel de perdón hace referencia a algo similar. Tal vez perdonemos intelectual e incluso sentimentalmente y aún así haya algunas historias que nos sigan persiguiendo y haciéndonos revivir los sentimientos que provocaron la primera vez que se produjeron. Aquel momento en el que se creó nuestro dolor, nuestra culpa o nuestra tristeza vuelve a nosotros y llena nuestros corazones de esas terribles emociones. Es posible que pensemos que ya las habíamos dejado atrás. Y sin embargo el recuerdo permanece como las reminiscencias en nuestro ADN. Es en esos casos cuando necesitamos el perdón absoluto para eliminar esos sentimientos recordados de nuestro interior.

El proceso requiere:

  1. identificar el sentimiento original. Si quieres eliminar un sentimiento, primero deberás identificarlo de manera correcta. ¿Qué estás sintiendo realmente y quién es el receptor de esos sentimientos? ¿Te invaden la rabia, la ira, el dolor, la culpa, la vergüenza o los remordimientos? ¿Están enmascarando esos sentimientos otros, tal vez más profundos?
  2. cuestionarlo. ¿Qué significa este sentimiento para ti? ¿Qué le dirías a la persona si la tuvieras delante tuyo ahora? ¿Quién serías sin ese sentimiento? ¿Cómo sería tu vida?
  3. comprender el papel que juega hasta hoy. ¿Qué te da ese sentimiento, poder, energía, un motivo, una excusa? ¿Por qué lo has mantenido vivo durante tanto tiempo?
  4. decidir dejarlo marchar. Una vez respondes a las preguntas que te planteo, tal vez decidas que ha llegado la hora de dejarlo marchar. En esta fase has de tomar una decisión consciente y auténtica. No es suficiente con pensar que se quiere soltar, sino que hay que tomar la decisión de HACERLO.
  5. aceptar la lección que te brinda. Para dejarlo marchar debes preguntarte qué te enseñó el evento original y todos estos años de dolor acumulado. Acepta la lección que debía enseñarte y,
  6. finalmente, libéralo. Ya desempeñó su función y te enseñó su lección. Respira profundamente y al soltar el aire, déjalo marchar.

El perdón absoluto es un proceso creado por mí como parte de la disciplina de la humanología a fin de explicar y comprender mejor a los seres humanos. A no ser que seamos capaces de dejar atrás nuestras cargas, nos resultará casi imposible seguir creciendo o crecer tanto como nos gustaría. El proceso, cuando se trabaja con un humanólogo, incluye las herramientas y las técnicas detalladas, paso a paso, para poder completarlo. Una vez se hace con un profesional una vez, siempre se puede repetir después sin ayuda, para acabar soltando todo aquello que represente cargas en la vida.

Espero que esta breve explicación del perdón te ayude a comprender que la pesadilla en la que estás viviendo puede terminar definitivamente y desaparecer de tu vida y te animo a que lo lleves a cabo. A no ser, claro, que prefieras seguir portando tu carga y vivir de la misma manera que lo has estado haciendo estos años. Como siempre, la decisión es solo tuya.

Disfruta de la vida… de TODA ella,

Jessica J. Lockhart – humanología – www.jessicajlockhart.com

Jessica J. Lockhart es humanóloga, autora y reconocida oradora internacional. Síguela aquí:
Jessica J Lockhart, EzineArticles Basic Author