¡Dejemos de castigar al abusador!

Los acosadores atacan a sus víctimas. Las víctimas son alejadas del lugar para “recibir protección.” Los abusadores encuentran nuevas víctimas a las que atacar…

 

Toda violencia tiene ciertas características en común, independientemente de dónde se produzca

Yo trabajo con seres humanos. Muchos de ellos vienen a mí porque el mundo les resulta un lugar peligroso en el que padecen agresiones y violencia. O porque la padecen sus hijos. Puede tratarse de ataques en el hogar o en la escuela. Pueden ser abusos verbales o físicos, pero violencia al fin y al cabo.

Toda agresión comienza con algo pequeño que después crece en intensidad. Aunque las distintas clases de violencia comparten ciertas características, independientemente de dónde se produzcan, hoy quisiera centrarme en la que afecta a tantos niños y jóvenes en un lugar donde deberían sentirse seguros:  la escuela. Este tipo de abuso, más conocido como acoso escolar, puede resultar devastador y afectar no solo a la víctima directa, sino a todas las personas implicadas. Déjame que me explique…

Se “protege” a las víctimas y se “castiga” a los acosadores

Hay una víctima y hay un acosador. El acosador insulta o daña físicamente a la primera mientras que los demás miembros del entorno se ríen o incluso jalean al abusador. De una manera u otra, los adultos en la institución descubren lo que está ocurriendo. Su reacción más habitual consiste en alejar a la víctima “para protegerla,” enviándola tal vez a otro grupo o incluso a otra escuela o centro. Tal vez castiguen al acosador por sus actos violentos. Imaginemos que la víctima es una niña acosada por una compañera, un episodio tristemente común. ¿Qué ocurre después?

Tanto los abusadores como las víctimas y los testigos se ven afectados

La víctima se va sintiéndose culpable. ¿Cómo puede no hacerlo? ¡Es ella quien debe marcharse! Con ella se van todas sus preguntas, todas sus dudas, su creciente creencia de que “hay algo malo en mí.” Esa creencia es la semilla que originalmente plantó su abusador en ella. Esta realidad se repite en muchas de las víctimas, debería añadir: se comienza por algo muy pequeño, casi no violento, que después aumenta en intensidad. La semilla se nutre y alimenta entonces de manera repetida. Cada vez que la víctima sufre acoso, esa pequeña creencia, sea cual sea: ‘No valgo nada. No merezco tener amigos. Soy horrible. Nunca gusto a nadie,‘ se ve reforzada y fortalecida en su mente. Cuando los demás miran hacia otro lado o, lo que es incluso peor, ríen o alaban los actos del agresor, esa creencia se ve confirmada de nuevo, aunque desde fuentes diferentes, lo que hace que se establezca con aún más firmeza en la mente de la víctima: ‘¿Ves? Yo tenía razón. Soy horrible. No merezco tener amigos. No soy como los demás.‘ Y así, poco a poco, la víctima comienza a creerse de verdad esos pensamientos y a convertirse en una auténtica víctima: no solo de su agresor, sino de su propio pensamiento. Ese es el motivo por el que con frecuencia siguen siendo víctimas vayan donde vayan. A partir del momento en el que comienzan a creer en su “victimización,” subconscientemente empiezan a comportarse como víctimas. De manera inmediata cambian su postura cuando se acerca un posible acosador. Tal vez parezcan encogerse sobre sí mismas o incluso tartamudeen o se ruboricen. Es posible que tensen los músculos sin darse cuenta y que su ritmo cardíaco crezca. Los acosadores detectarán de forma subconsciente esas señales y las elegirán como víctimas una vez más. Esta es la triste realidad de muchas personas maltratadas hoy en día: se las aleja para protegerlas pero el miedo y los ataques continúan.

La acosadora se siente recompensada. No solo consiguió pisar a otra persona y alzarse sobre ella, sino que pudo llamar la atención de los demás sobre sí misma. ¿Es eso todo, sin embargo? Algunas veces se le castiga por sus acciones, tal vez se la envía a casa o se le obliga a que haga algo. Pero lo que nos deberíamos plantear es por qué hizo lo que hizo. Algunos dirán que fue porque quería hacer daño a su víctima. Permítanme que exprese mi desacuerdo. Si hay algo que he aprendido en mis muchos años como humanóloga es que los seres humanos actuamos movidos por solo dos motivos: para obtener un beneficio o para evitar un dolor.  Si analizáramos porqué la acosadora acosó a la víctima según esa dicotomía, esto es lo que podríamos encontrarnos:

  • Para conseguir algo: La acosadora acosa a su víctima para sentirse importante o más fuerte que los demás; para recibir reconocimiento o admiración; para hacerse grande a los ojos de los demás o incluso a los de sus padres o hermanos mayores… Cree que ese apoyo social o ese “demostrar a todos lo poderosa que es” la puede convertir en más popular y hacer que sientan una mayor estima hacia ella. Con frecuencia, estos acosadores vienen de entornos en los que se aplaude ese tipo de comportamiento, en los que el modelo a seguir es exactamente así. Los abusadores, entonces, crecen creyendo que es es lo que ellos también han de hacer y lo hacen. Tal vez les castiguen en la escuela pero en sus hogares, por ejemplo, reciben una callada ovación. Ese es su beneficio, ese brillo en la mirada del observador, la admiración que provocan, la sensación de haber triunfado…
  • Para evitar algún dolor: Aún los hay que actúan así para no ser acosados ellos mismos. Muchos de los abusadores agreden a otros para demostrarle a alguien cuán duros y fuertes son y evitar de esa manera ser acosados por otros acosadores mayores. Tristemente, los mayores acosadores suelen vivir en los entornos más cercanos de los aprendices de acosador: en sus hogares, dentro de sus familias, en su vecindario. Esos acosadores mayores acosan y los más jóvenes, para demostrar a los mayores que están aprendiendo,  acosan a su vez, con la intención de no ser cuestionados ni atacados.

En ambos casos, la víctima solo es el vehículo. A ningún acosador le importa nada su víctima. Si esa víctima se va, buscará otra para mantener el estatus quo. Sin embargo, las víctimas no son conscientes de esto. No pueden comprender que solo dio la mala casualidad de que se encontrasen en el lugar equivocado en el momento erróneo y que a sus acosadores no les importa que sean ellas o cualquier otra víctima. Esto es extremadamente importante puesto que las víctimas se victimizan cuando comienzan a creer que ¡hay algo de malo EN ELLAS!

Los acosadores son víctimas también. Lo son de sus propias necesidades y deseos. “Necesitan” acosar a otros para mantener su nivel y quizá no convertirse en víctimas ellos mismos. Tal vez solo tengan un modelo al que imitar o sientan que no serán nadie si dejan de hacer lo que hacen. Cuando se les castiga, el mensaje que se les está dando es: ‘¡lo estás consiguiendo, estás haciéndote conocido!’ lo que era su auténtico objetivo desde el principio. Al castigarles les estamos dando aquello que más quieren.

Las víctimas y los acosadores no son los únicos implicados en estas situaciones, sin embargo. ¿Qué ocurre con los espectadores, los testigos, el resto de la clase o de la sociedad? ¿Qué pasa con quienes ven lo que está ocurriendo y eligen no hacer nada? Ellos también están recibiendo mensajes que confirman sus creencias, ¿no crees? Los hay que apoyan al acosador y ríen con él porque creen que eso les llevará  a ser aceptados en un grupo. También los hay que miran y no hacen nada porque temen que les hagan daño y convertirse en víctimas o dañar a otros y convertirse en abusadores. Todos ellos, sin excepción, también están intentando obtener algún beneficio o evitar algún dolor. Poco a poco, también sus creencias se ven fortalecidas: ‘es más seguro no hacer nada. Soy mejor persona si elijo limitarme a mirar. ¡Me están aceptando en el grupo!‘ Su comportamiento se repite una y otra vez. Sus reacciones también actúan como refuerzo de las creencias de los acosadores y de las víctimas. El mensaje que sus acciones transmiten a la abusadora es: ‘eres una chica dura y yo no me voy a meter contigo,’ confirmando así sus opiniones y deseos. Su mensaje a la víctima es: ‘no mereces que te defienda.’ Por lo tanto, cuando solo se implica a los acosadores y a las víctimas en la solución de una situación como esta, se está dejando fuera a la inmensa mayoría de los implicados. Sus reacciones no dejan de ser el combustible que alimenta los ataques. Sin testigos, la mayoría de los abusadores dejan de acosar porque no se satisface su objetivo.

El acoso y el abuso solo cambian cuando se cuestionan las creencias que los sustentan

Comprender a los seres humanos puede no resultar tan sencillo como parece a primera vista. Como comprobamos en este tipo de situaciones, el problema no se limita a solo dos personas, la acosadora y la víctima, sino a todas las implicadas. A no ser que se aborde la cuestión de manera integral, esta situación se verá replicada allá donde vayan sus actores. Los acosadores recibirán su reconocimiento y el apoyo de los testigos, las víctimas verán confirmadas su debilidad y su inutilidad y los testigos reforzarán su papel.

Para detener el acoso y el abuso, se han de llevar a cabo acciones a todos los niveles y se han de identificar, exponer y cuestionar las creencias de los acosadores, de las víctimas y de los espectadores por igual. Las creencias son los cimientos sobre los que crecen las acciones. Si no se descubren y cuestionan, nada cambiará. Los acosadores seguirán acosando, las víctimas seguirán agachando la cabeza y los testigos seguirán reforzando las creencias de todos los implicados.

Te invito a leer mi próximo artículo sobre como manejar el abuso y la violencia gestionando las creencias sobre las que se sustentan. Muy pronto también aquí.

Enjoy life… ALL of it,

Jessica J. Lockhart – humanology – www.jessicajlockhart.com

Jessica J. Lockhart is a humanologist, bestselling author and renowned international speaker. Follow her here:
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