Había una vez…

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Había una vez un lobo muy solitario y hambriento que vivía en un gran bosque con su familia. Cada mañana dejaba su hogar e iba en busca de algo que llevarles para comer. Él también pasaba mucha hambre. Cada vez que conseguía encontrar algo lo llevaba rápidamente a casa para sus cachorros. A no ser que pronto consiguiera más alimentos, todos ellos morirían.

Aquella mañana el lobo oyó un extraño ruido que salía de la zona más espesa del bosque. Muy lentamente se acercó y vio algo en un pequeño claro que hacía mucho tiempo que no veía. ¡Comida! Allí estaba, un pequeño bocado de sabor moviéndose con calma entre las flores. La boca se le hizo agua y el estómago le rugió quedamente. Se acercó al claro. La comida alzó los ojos y le miró.

“Hola,” dijo el lobo con cautela. No quería que su comida saliera corriendo. “Hola,” le contestó ella. “¿A dónde vas?” preguntó él. “Al otro lado del bosque, a casa de mi abuelita,” fue la respuesta de la comida.

El lobo pensó con rapidez. Solo había una casa en aquel lado del bosque. Un lugar solitario en el que vivía una comida vieja. Llevaba años intentando cazarla pero era muy astuta. “Escucha,” dijo el lobo. “Conozco un atajo. Toma ese caminito de ahí y llegarás muy pronto.” La comida le dio las gracias y partió.

El lobo salió corriendo mientras su estómago rugía con claridad anticipándose al pequeño festín que iba a compartir con su familia. Llegó a la casa e, imitando la voz de la comida pequeña, engañó a la mayor para que abriera la puerta. Cuando vio que quien estaba al otro lado era el lobo, la comida corrió a esconderse en un armario. No había tiempo para ir tras ella. Ya podía oír a la comida pequeña acercándose. Con toda la prisa que pudo, el lobo se disfrazó con la ropa de la dueña de la casa y se ocultó en la cama. Cuando la comida pequeña llegó el lobo consiguió engañarla. ¡Felicidad! ¡Iba a poder alimentar a su familia! ¡No iban a morir!

De pronto se abrió la puerta de la casa sobresaltándole. Alzó los ojos y vio una escopeta apuntándole. Finalmente no iba a poder alimentar a sus cachorros.

No hay nada bueno ni malo. Todo es. Solo es cuestión de perspectiva.

Disfruta de la vida… de toda ella, J.

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