Interpretando el mundo

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La primera vez que alguien me insultó y me acosó todavía no tenía 4 años. Mi acosadora era una adulta, mi maestra en la escuela. En mi mundo de entonces, se suponía que los adultos siempre tenían razón. ¿Cómo podía entonces dudar? Todo lo que hacía aquella persona me demostraba lo poco que valía yo. No podía cuestionar el mundo adulto. Solo era una niña pequeña.

Cuando otros adultos me venían a recoger al terminar el horario escolar, mi maestra les decía lo desagradable que era yo, qué poco merecía que me atendieran, qué poco valía. Los demás adultos la escuchaban y aceptaban sus palabras, confirmando así su versión en mi mente infantil.

Cada palabra, cada acto, cada gesto que experimentaba en aquella época me convencía día tras día que merecía aquel trato.

Mis compañeritos de clase aprendieron entonces también que debían abusar de mí, que debían empujarme o ignorarme, dañarme de cualquier manera que se les ocurriera. Su modelo, nuestra maestra, les estaba enseñando cómo se hacía.

Sus acciones confirmaban algo que yo ya estaba comenzando a creer. No merecía nada, no merecía amor, no merecía amistad, no merecía respeto. Yo no era nada. Era menos que nada. Era la diana.

Para cuando mis padres se dieron cuenta de qué estaba ocurriendo, ya me había convertido en víctima. Subconscientemente creía que merecía lo que me ocurría, que no me correspondía otra cosa. Ni siquiera era consciente de la creencia. Mis padres tampoco. Solo veían que la maestra era desagradable conmigo. Así que me cambiaron de escuela.

Mi primer día en la nueva escuela fue una pesadilla. Tenía tanto miedo a encontrarme con mis nuevos enemigos y acosadores y tan convencida de que me los merecía que intenté encogerme dentro de mi propio cuerpo. La realidad me iba a demostrar una vez más que era una víctima, claro. Mi nueva maestra no me insultó ni me atacó sino que eligió ridiculizarme y sentarme a su mesa para que todos los demás niños comprendieran de inmediato lo poco importante que yo era. Tomó mi reticencia y temor como un desafío hacia ella y me castigó poniéndome en evidencia. Y luego estaba Phil, mi nuevo acosador, el niño de la clase que se encargó de perseguirme y reírse a mi costa para que los demás vieran cuán importante era él. Descubría las maneras más desagradables de hacerme daño a la par que se mofaba de mí para que los demás se divirtieran con él.

Mis padres intentaban ayudarme. Pero nadie comprendía por qué me acosaban personas distintas en todos los lugares a los que iba. Eso parecía demostrar que de alguna manera yo estaba provocando la situación al ser el único denominador común en todos los escenarios.

Y quería decir que mi primera maestra tenía razón, ¿o no? La vida me estaba demostrando que sí. Yo no merecía nada. Solo valía para que los demás se divirtieran riéndose de mí o haciéndome daño. Yo era y merecía ser una víctima.

Escuela tras escuela, los abusadores de inmediato identificaban a la víctima que había en mí y me utilizaban como peldaño sobre el que escalar hacia alturas superiores. La vida confirmaba así mi creencia día a día. Yo era una víctima. 

Unos años más tarde me había convertido en un despojo. No me podía enfrentar al colegio ni a otros niños. Me aterraban. Me había victimizado total y completamente sin ser siquiera consciente de que esa posibilidad existiera. Nadie en mi mundo lo comprendía tampoco. Solo nos rodeaban las dudas y la confusión. Ningún profesional era capaz de explicar por qué siempre encontraba a alguien dispuesto a acosarme. Algunas personas sospechaban que yo me sentía acosada cuando no se había producido acoso alguno. Pero yo sabía lo que sabía. La vida era un abuso; mirara dónde mirara, viviera dónde viviera, al abuso también existía allí  y me elegía como diana.

Hasta que un día una persona me dijo que yo era una víctima. “Víctima,” qué palabra. Aquella persona me explicó que me había convertido en víctima al creer esa interpretación sobre mí misma. Repasamos la historia de mi vida desde esa perspectiva y comprendí claramente cómo había llegado a interpretar y verme a mí misma como la víctima de los demás. Desde aquella primera maestra que ostentaba todo el poder hasta el niño más débil que me había insultado, yo CREÍA que me merecía aquel trato porque ¡ERA UNA VÍCTIMA! Aquel era mi papel en la vida.

Juntas repasamos mi vida y tomamos ejemplos de los abusos sufridos por mí. Aquella persona me ayudó a ver que me había convertido en víctima porque eso era lo que creía de mí misma. También me explicó que los acosadores pensaban que solo pisando a otros podían alzarse por encima de los demás y ganar su respeto y su aprecio. Muchos de ellos habían aprendido ese comportamiento en sus hogares y lo había convertido en su propia creencia. No me estaban acosando para hacerme daño; ni siquiera me veían como persona. Me estaban acosando porque creían que era la única manera de crecer y ser vistos por los demás. Yo no era para ellos una persona sino un medio.

Interpretando la historia de mi vida desde esta nueva perspectiva comprendí que me había creído víctima. Aquella nefasta maestra fue quien introdujo esa visión del mundo en mi mente por primera vez. Como tenía poder sobre mí, la había creído. Al confirmar su visión del mundo, mi incipiente creencia se vio fortalecida y reforzada una y otra vez hasta que en mi mente no cupo ninguna otra posible interpretación. Todo lo que vi a partir de ese momento se limitaba a confirmar mi creencia inconsciente.

Nuestras creencias quedan siempre confirmadas por nuestra realidad porque son el filtro a través del cual la vemos. Mi experiencia confirmaba así mi papel de víctima una y otra vez. Hasta que una persona me ayudó a ver que NO era una víctima  real sino que era cómo había elegido verme. También me ayudó a comprender que podía elegir otra cosa para mí misma. Podía reinterpretar mi pasado desde esa nueva perspectiva y comprender así que no me habían acosado sino que me había victimizado a mí misma. Cada insulto, cada golpe, cada comentario me habían confirmado una y otra vez mi papel de víctima.

Aquel día decidí cambiar mi visión del mundo e interpretar la historia de mi vida desde una perspectiva diferente. ‘Ya no soy una víctima,’ declaré. Y conforme a mi nueva creencia, el mundo dejó de atacarme. Porque yo ya NO era una víctima. Al creerme NO VÍCTIMA, mi realidad me confirmaba esa visión.

Y así ha sido. Estos últimos años me han dado prueba tras prueba de mi papel de no víctima en la vida. Todavía hay ahí afuera muchas personas que necesitan pisar a los demás para ganar el respeto de otros pero nunca me eligen ya a mí como peldaño. Cuando miran a su alrededor buscando una víctima, a mí no me ven. No estoy en su radar. Como ya no soy una víctima, tampoco ellos me perciben así.

Esta es la historia que te quería contar y cómo la he interpretado yo misma. Después de todo, la vida es cuestión de interpretación. Qué historia me cuento marcará qué historia vivo. Todas las historias se pueden contar desde múltiples perspectivas. ¿No son acaso los narradores quiénes eligen cómo contarlas?

Disfruta de la vida, de TODA ella,

Jessica J. Lockhart – humanología

www.jessicajlockhart.com