Juzgar…

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A menudo nos declaramos jueces de los demás. Pensamos, creemos firmemente, que tenemos el conocimiento y la capacidad de juzgar lo que hacen o dicen los demás. Pero yo no estoy de acuerdo. Creo que solo nos podemos juzgar a nosotros mismos. Déjame que te explique por qué…

Dos mujeres coincidieron sentadas en un banco de un parque una cálida tarde de verano. Ambas tenían un cochecito de bebés y ambas criaturas estaban llorando desconsoladamente. Ambas tomaron a sus bebés en brazos y comenzaron a darles de comer. Una de las madres se llevó el bebé al pecho y la otra le acercó el biberón a la boca. 

La madre que estaba dando el pecho miró a la otra con el ceño fruncido. “¡Biberón!” pensó. “¡Qué madre más perezosa! ¿No le preocupa su bebé? ¿No sabe que dar el pecho es mucho mejor para ambos?”

La segunda madre ni siquiera vio el gesto en la cara de la otra mujer. Pensaba serenamente: “Estoy tan feliz de tenerte conmigo, pequeña. Ni siquiera perder los pechos por el cáncer me importa ya porque tú estás aquí.”

Juzgamos el mundo según nuestro conocimiento y nuestra experiencia. Nuestro conocimiento y nuestra experiencia son únicos y nuestros. No tenemos forma de conocer las circunstancias, el conocimiento ni la experiencia de los demás. Cuando juzgamos a los demás lo hacemos desde nuestro conocimiento y nuestra experiencia a la par que desconocemos los suyos y sus circunstancias.

Todos hacemos lo que creemos que es lo mejor según nuestras circunstancias. Nadie comete errores solo por el mero hecho de cometerlos. Así, la próxima vez que estés a punto de juzgar a alguien, recuerda que no dispones de todas las piezas de su rompecabezas personal.

Disfruta de la vida… de toda ella,

Jessica J. Lockh