Por qué deberíamos ser todos optimistas

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Los optimistas nunca se rinden. Esa es la principal diferencia entre los optimistas y el resto del mundo. Cuando un pesimista (por irme al otro extremo) comienza un viaje a cualquier destino o se enfrenta a cualquier situación, parte desde el convencimiento de que se enfrentará a problemas y obstáculos y por ello no se sorprende al encontrarse con el primero. Confirma así su creencia y probablemente abandone diciendo o pensando, “¿Ves? ¡Lo sabía!”

El optimista buscará en ese momento una solución, una manera de esquivar o superar el obstáculo. Si su primera estrategia no funciona, probará con una segunda y después una tercera, y otra y otra hasta conseguir llegar dónde quiere ir.

Algunas personas dirán en este punto que los optimista son tontos que no saben cuándo parar. Mi opinión personal es que el auténtico optimista siempre está anclado en el sentido común y el raciocinio. Sin ello, la persona es solo inconsciente, no optimista.

El optimista crecerá y avanzará mucho más que los demás en su búsqueda de soluciones y nuevas formas y será por ello más creativo y con más recursos. Los optimistas tendrán también más energía que los demás porque estarán alimentados por su entusiasmo y su pasión, los verdaderos motores del empuje personal.

El optimismo, por lo tanto, nos ayuda a vivir más intensamente y nos lleva a abrir puertas con las que ni siquiera soñaríamos de otra manera.

Sé optimista; disfruta de la vida… de toda ella,

Jessica J. Lockhart