Había una vez…

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Había una vez un lobo muy solitario y hambriento que vivía en un gran bosque con su familia. Cada mañana dejaba su hogar e iba en busca de algo que llevarles para comer. Él también pasaba mucha hambre. Cada vez que conseguía encontrar algo lo llevaba rápidamente a casa para sus cachorros. A no ser que pronto consiguiera más alimentos, todos ellos morirían.

Aquella mañana el lobo oyó un extraño ruido que salía de la zona más espesa del bosque. Muy lentamente se acercó y vio algo en un pequeño claro que hacía mucho tiempo que no veía. ¡Comida! Allí estaba, un pequeño bocado de sabor moviéndose con calma entre las flores. La boca se le hizo agua y el estómago le rugió quedamente. Se acercó al claro. La comida alzó los ojos y le miró.

“Hola,” dijo el lobo con cautela. No quería que su comida saliera corriendo. “Hola,” le contestó ella. “¿A dónde vas?” preguntó él. “Al otro lado del bosque, a casa de mi abuelita,” fue la respuesta de la comida.

El lobo pensó con rapidez. Solo había una casa en aquel lado del bosque. Un lugar solitario en el que vivía una comida vieja. Llevaba años intentando cazarla pero era muy astuta. “Escucha,” dijo el lobo. “Conozco un atajo. Toma ese caminito de ahí y llegarás muy pronto.” La comida le dio las gracias y partió.

El lobo salió corriendo mientras su estómago rugía con claridad anticipándose al pequeño festín que iba a compartir con su familia. Llegó a la casa e, imitando la voz de la comida pequeña, engañó a la mayor para que abriera la puerta. Cuando vio que quien estaba al otro lado era el lobo, la comida corrió a esconderse en un armario. No había tiempo para ir tras ella. Ya podía oír a la comida pequeña acercándose. Con toda la prisa que pudo, el lobo se disfrazó con la ropa de la dueña de la casa y se ocultó en la cama. Cuando la comida pequeña llegó el lobo consiguió engañarla. ¡Felicidad! ¡Iba a poder alimentar a su familia! ¡No iban a morir!

De pronto se abrió la puerta de la casa sobresaltándole. Alzó los ojos y vio una escopeta apuntándole. Finalmente no iba a poder alimentar a sus cachorros.

No hay nada bueno ni malo. Todo es. Solo es cuestión de perspectiva.

Disfruta de la vida… de toda ella,

Jessica J. Lockhart – humanología – www.jessicajlockhart.com


¿Se ha convertido tu historia en tu identidad?

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“Tengo dolores constantes y apenas me puedo mover. La tristeza y la desesperación ya me han robado tanto… Tuve que vender mi empresa y dejar de trabajar porque ya no lo podía seguir haciendo bien. Mi vida es un constante devenir de días y noches llenos de dolor. Después de mi accidente, esto es lo que soy.”

Ah, ¿eso es lo que eres? ¿De verdad? ¿Totalmente?

Estamos muy acostumbrados a contar historias como prueba de nuestra identidad. ¿Quién soy? Soy esto.

Existen muchos motivos por los que las personas usan sus historias como identidades. Algunas personas lo hacen para conseguir algo de los demás: empatía, apoyo, amor… incluso dinero. Otras lo hacen para esconderse detrás de la historia porque creen que no son suficiente sin ella. E incluso las hay que utilizan sus historias para que los demás no les vean y solo vean la historia, pensando que se quedarán satisfechos con eso y no intentarán ver más allá. Hay personas que utilizan sus historias para asustar a los demás y que no se acerquen a ellas.

Una de las historias que más utiliza la gente es la profesional. “¿Quién soy? Soy profesionalmente… bla, bla, bla.” Una vez más, tan solo una historia.

Así que la pregunta que yo te hago es, ¿eres lo que cuenta tu historia… solo eso? ¿Eres tu historia? ¿O eres un ser humano con muchas y complejas historias? ¿Te ocultas tras tu historia? ¿La usas para obtener lo que quieres de los demás? ¿Para qué usas tu historia?

A veces utilizamos nuestras historias sin darnos cuenta de que lo estamos haciendo. ¡Estamos tan acostumbrados a ser nuestras historias! Incluso las usamos con nuestros seres queridos y nuestros amigos. Pero entonces nos sentimos mal cuando no nos ven detrás de la historia. ¿De quién es la culpa? ¿De ellos?

La próxima vez que te presentes a alguien y quieras que realmente sepan quién eres, asegúrate de que no te estás ocultando detrás de una historia y de que estás presentando al auténtico tú.

Disfruta de la vida… de toda ella,

Jessica J. Lockhart – humanología – www.jessicajlockhart.com


La clave está en la pasión

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Hace algunas semanas alguien me volvió a preguntar algo que la gente me pregunta con frecuencia: “¿de dónde sacas tu energía interminable?” La pregunta me la planteó una persona que se quejaba de su trabajo y de que no tenía la energía suficiente para ir más allá y hacer lo que no fuera solo suficiente. Sentía que carecía de la energía necesaria para hacer más, para brillar más.

“Es pasión,” le contesté. “Siento pasión por lo que hago.” Es cierto. Soy muy afortunada. La vida siempre me ha dado cosas para hacer que me encantan. Me encantaba enseñar y después me encantó traducir e interpretar. Ahora me encanta hacer coaching y escribir. Me apasiona. Hay muchas cosas que me encantan de mi trabajo pero la que más me apasiona es la gente. Me encanta ver cómo se abren sus corazones y sus almas a nuevas interpretaciones. Me encanta ayudarles a sentirse bienvenidos, aceptados, comprendidos… Me encanta lo que hago.

Y como me encanta lo que hago, esa pasión que siento se convierte en la energía que necesito y mucho más. Es como cuando los niños juegan. Nunca se sienten cansados. No es hasta que termina el juego que les puede el cansancio. Porque la pasión del juego les da la energía que necesitan para seguir jugando. Ni siquiera lo cuestionan.

Creo que las personas se sienten cansadas en el trabajo o en la vida cuando no adoran lo que hacen. ¿Te encanta lo que haces? ¿Te encanta tu vida? ¿Te encantan tus relaciones?

Así que esta fue la respuesta que le di a mi amigo y hoy doy a todos aquellos que quieren saber cuál es mi “secreto.” Mi energía viene de mi pasión. La pasión es la clave de la energía que necesitamos. Adora lo que haces y nunca te sentirás cansado.

Disfruta de la vida… de toda ella,

Jessica J. Lockhart – humanología – www.jessicajlockhart.com