Creencias adquiridas o aprendidas

No podía tener más de 8 o 9 años, tal vez fuera aún más joven. Fue durante una de aquellas reuniones familiares. Estábamos todos sentados alrededor de la mesa en casa de mi tía. No recuerdo cuál era la ocasión pero sí que había bastantes de mis primos sentados junto a mí.

La pregunta planteada por mi tía a todos nosotros, los niños, fue,  ‘¿cómo vas a reaccionar el día que fallezca tu madre?‘ Recuerdo haber pensado en lo que me preguntaban, planteándome de verdad cómo reaccionaría. Se me pasaron muchos pensamientos por la cabeza mientras mi tía se dirigía primero a los demás primos.

‘Oh, lloraré y lloraré.’ respondió la primera.

Sí, yo también. ¡Estaré tan triste!’

Me sentiré fatal y muy triste,‘ fue la tercera respuesta.

Y entonces me llegó mi turno. ‘Yo no sé qué haré,’ comencé a explicar. ‘Creo que voy a esperar a ver qué hace mi madre cuando se muera la suya y eso será lo que yo haga también.’

Mi respuesta chocó a todo el mundo. ‘¿Cómo puedes decir eso?‘ ‘¡Eso significa que realmente no quieres a tu madre!’ ‘¡Qué respuesta más fría! ¿Cómo puede una hija decir algo así?’

Recuerdo haberme sentido fatal. Era como si hubiese cometido un terrible pecado cuando, en realidad, solo había dicho la verdad, mi verdad. No era capaz de imaginarme en esa situación ni cómo iba a poder sentirme. Así que pensé hacer lo que siempre hacía cuando no sabía algo: aprender de mi madre.

A todo el mundo le molestó mucho mi respuesta. La tía que nos había interrogado estaba furiosa.

Entonces mi padre, que no se solía meter en ese tipo de conversación, dijo con mucha calma: ‘Lo siento, pero no entiendo todo este lío. Jessica se ha limitado a decir algo muy lógico. Cuando hay algo que no sabe, aprende imitando a su madre. Su respuesta solo demuestra que la tiene como modelo.’

Ni siquiera las palabras de mi padre pudieron convencer a los demás. Para ellos, yo era una niña insensible que no quería de verdad a su madre.

Obviamente, hoy entiendo mejor mi respuesta de entonces. Lo que realmente significaba era que yo todavía no había tenido oportunidad de aprender y desarrollar creencias sobre ese tema. Por el motivo que fuese, yo no había adquirido ninguna creencia que me pudiera servir de guía y esperaba poder aprenderlas a través de la experiencia. Como seres humanos, todos vemos el mundo y lo interpretamos según las experiencias y lecciones que hemos tenido hasta ese momento. Nuestras interpretaciones se pueden ver confirmadas (o no) con otras nuevas experiencias y lecciones. Si se confirman las suficientes veces, con el tiempo se convierten en creencias. Si no se confirman, no se cristalizan en creencias. No dispondrán de suficientes apoyos. Una vez se establece una creencia, su mecanismo se vuelve poco a poco subconsciente hasta que se integra completamente en nuestro sistema.

Más adelante, al crecer, aprendemos a elegir algunas de nuestras creencias. La elección es un poco más consciente y se nutre de muchas otras fuentes, haciendo así que el proceso resulte más controlado. Razonamos más y comenzamos a cuestionar nuestras propias interpretaciones. En la infancia la mayoría de nosotros carecemos de la capacidad de cuestionar nuestras interpretaciones y nuestras fuentes. Aceptamos las lecciones porque provienen de alguien en quien confiamos mucho.

Este patrón tiene una excepción. Tanto en la infancia como en la edad adulta se pueden creer creencias cuando se siente una emoción lo suficientemente fuerte sin necesidad de confirmar la interpretación original. Si hay algo que nos afecta mucho, esa sensación puede provocar de inmediato nuevas creencias en nosotros o hacernos cambiar alguna que ya tuviéramos. En el ejemplo que menciono más arriba, de haber experimentado una pérdida importante con anterioridad, tal vez ya hubiese contado con alguna creencia relacionada con la muerte. Pero como no había ocurrido ni disponía tampoco de interpretaciones repetidas al respecto, carecía de creencias previas sobre las que apoyarme.

Este es el proceso que todos seguimos para crear y confirmar creencias. En la infancia, nuestras primeras creencias se establecen por repetición, confirmando varias veces las interpretaciones que recibimos de nuestra fuente más sólida: los adultos. Si por lo que sea la fuente no es del todo fiable, como en los casos de abusos, adopción, negligencia y otras causas, el niño puede no llegar a desarrollar creencias sólidas y se sentirá inseguro o traumatizado. Cuando las creencias se establecen en la infancia y se anclan con firmeza en el subconsciente, cada vez se vuelven menos obvias y más firmes, y por ello más difíciles de identificar y cambiar. Por consiguiente, algunas de esas creencias adquiridas dan forma a nuestras vidas sin que seamos conscientes del gran impacto que provocan.

En ese sentido, las creencias se parecen un poco a los idiomas. Nuestro idioma nativo es adquirido. Lo aprendemos en la infancia, invirtiendo muchas, muchísimas horas en su adquisición. No lo estudiamos. No lo aprendemos como tal. No hacemos el esfuerzo consciente de comprenderlo y hacerlo nuestro. Simplemente crece en nuestro inconsciente. Los demás idiomas, el segundo o el tercero, los solemos aprender. Los estudiamos. Realizamos el esfuerzo consciente por comprender sus reglas y cómo funcionan. Invertimos tiempo y trabajamos duro para dominarlos. Con el tiempo, esos otros idiomas también los podemos asimilar y usarlos con comodidad como herramientas de comunicación. Además, las creencias se parecen a los idiomas en otro aspecto. A no ser que se usen de manera constante, los idiomas se olvidan a la misma velocidad que se aprendieron. Si adquieres tu idioma al crecer, te costará muchas, muchísimas horas de inmersión total dominarlo y el mismo tiempo olvidarlo. Si lo estudias más tarde, invertirás mucho en clases y cursos pero nunca tantas horas como los nativos y lo olvidarás al mismo ritmo que lo aprendiste. Sí, las creencias también son un poco así. Adquirimos las primeras en la infancia y aprendemos otras al crecer y las que confirmamos durante más tiempo son las más difíciles de cambiar. Por consiguiente, las creencias adquiridas tienden a estar más integradas y ser inconscientes mientras que las demás las aprendemos más adelante en la vida. Tanto las creencias como los idiomas son tareas para toda la vida.

Podríamos deducir, por lo tanto, que cambiar las creencias adquiridas resulta mucho más duro que las aprendidas. De hecho, así suele ser. Aunque podría haber algunas excepciones cuando hay emociones de por medio, cambiar las creencias que hemos adquirido suele necesitar mucho más trabajo. Un bueno proceso, bien sistematizado, puede agilizar y facilitar el proceso.

La próxima vez que cuestiones alguna de tus creencias, no te rindas y recuerda que algunas de ellas podrían ser más difíciles de cambiar porque te costó más tiempo aprenderlas.

Disfruta de la vida, de TODA ella,

Jessica J. Lockhart – humanología – www.jessicajlockhart.com

Jessica J. Lockhart es humanóloga, autora de 4 libros y renombrada conferenciante internacional. Síguela aquí:


El perdón absoluto a través de la humanología

El perdón absoluto implica mucho más que un mero perdón. Cuando las personas dicen que son capaces de perdonar pero no de olvidar, con frecuencia son presas de constantes retornos a la causa de su malestar.  El perdón absoluto significa dejar marchar al dolor, a la rabia, a la tristeza… a todos los sentimientos que te invaden cada vez que recuerdas las circunstancias que no te permiten perdonar y olvidar.

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¡Sin salida! 5 preguntas para desbloquearte


Todos nos sentimos en alguna ocasión bloqueados y sin saber qué dirección seguir. La sensación de no poder elegir suele durar poco, el tiempo necesario para tomar una decisión analizando las ventajas y desventajas de las opciones o tal vez dejándonos llevar por la intuición. Pero, ¿qué ocurre en aquellas ocasiones en las que la indecisión crece y crece y de pronto aparece la ansiedad para complicar aún más las cosas? ¿Te has sentido alguna vez tan incapaz de decidir que el mero hecho de intentarlo se convierte en una agonía? Veamos si puedo darte algo de luz al respecto. En esas circunstancias, plantéate las siguientes preguntas

  1. ¿A qué tengo miedo? Por lo general, cuando una persona está así de atascada se debe a que detrás de las opciones se oculta algún tipo de temor. La pregunta que desvelará a qué se tiene miedo es… ¿Y SI…? “¿Y si tomo este camino y pasa esto? ¿Y si tomo este otro camino y ocurre esto otro?” Identifica qué te estás preguntando que empieza por “y si…” para descubrir qué te da miedo. En una situación de bloqueo, todas las opciones pueden implicar algún tipo de temor. Descubre cuáles temes tú para comprender cuáles de esos miedos te resultará más fácil manejar.
  2. ¿Qué gano? ¿Qué ganas permaneciendo en esta situación de bloqueo? ¿Lástima? ¿Atención? Cuando un ser humano permanece en una situación, la que sea, siempre es porque está obteniendo algo a cambio. Aunque la ganancia incluso suene perversa a los demás, sin duda habrá algo que se esté ganando. Permíteme que te ofrezca un ejemplo: Algunas personas se quedan atascadas porque desbloquearse podría implicar un enorme dolor para otras personas. Por eso permanecen atascadas a pesar del dolor que les está provocando a ellas mismas. La segunda pregunta que debes entonces plantearte es, qué es lo que ganas permaneciendo en la posición en la que estás. Identifica la ganancia y tal vez descubras nuevas opciones que antes no podías ver.
  3. ¿Qué creo? Detrás de la ganancia y del miedo siempre hay una creencia que los apoya. Pregúntate qué crees tú para descubrir qué está nutriendo esos miedos y ganancias a fin de comprender cómo manejar esa creencia. Las creencias se pueden identificar preguntándonos qué pensamos sobre la situación o sobre el miedo que nos hace sentir. Una vez identificas la creencia, plantéate si creer en ello te limita o te hace crecer y te impulsa. Eso también te dará unas cuantas respuestas. Recuerda que todas tus creencias las has elegido tú. Y que tú también tienes el poder de cambiarlas.
  4. ¿Qué me impide liberarme? Liberarte requiere que te liberes de tus creencias limitadoras y tus miedos. Por consiguiente, plantéate qué es lo que realmente está evitando que cambies tus creencias o superes tu miedo. ¿Cuál es el auténtico obstáculo? Identifícalo y establece los pasos necesarios para superarlo. En ocasiones, algunos clientes descubren que es su propio cerebro, su propio proceso mental el que les bloquea. Son sus pensamientos. En esos casos recomiendo que los clientes se planteen y acepten la idea de que ellos son mucho más que solo su cerebro y que está en su mano controlar sus pensamientos. Si es tu caso, recuerda, tú eres mucho más que tus pensamientos. Utiliza todo tu ser para dominarlos y que no te dominen a ti.
  5. ¿Quiero ser libre? Ahora que ya conoces tus miedos, lo que estás obteniendo estando ahí, tus creencias y tus obstáculos, pregúntate si todavía quieres permanecer en esta situación de bloqueo o si prefieres actuar y liberarte. Recuerda que incluso eso es decisión solo tuya. Nadie puede elegir por ti. Nadie puede definir tus miedos, tus ganancias, tus creencias ni tus obstáculos, solo tú. Y solo tú los puedes vencer.

Espero que estas cinco preguntas te ayuden a decidir qué quieres de verdad de la vida.

Disfruta de la vida, de TODA ella,

Jessica J. Lockhart – humanología – www.jessicajlockhart.com

Jessica J. Lockhart es humanóloga, autora de 4 libros y reconocida conferenciante internacional. Síguela aquí: