Dejar marchar por fin

La mayoría de las personas no aprenden nunca a perdonar de verdad. Algunas acarrean cargas hechas de culpa, de dolor o de ira durante muchos años, sin ser conscientes de que las pueden simplemente dejar marchar.

Algo ocurre en tu vida que te duele o te enfada tanto que se convierte en parte de tu ser. Permanece contigo, acechando en la oscuridad de tu mente, esperando el momento correcto para mostrarse y volver a provocar los mismos sentimientos otra vez. En ese momento, repasas la escena como si fueras un detective a la búsqueda de pruebas que demuestren tu culpabilidad, la culpabilidad de otro o la culpabilidad de la vida. Porque alguien ha de ser culpable y no se ha de marchar sin pagar su culpa.

 

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El perdón absoluto a través de la humanología

El perdón absoluto implica mucho más que un mero perdón. Cuando las personas dicen que son capaces de perdonar pero no de olvidar, con frecuencia son presas de constantes retornos a la causa de su malestar.  El perdón absoluto significa dejar marchar al dolor, a la rabia, a la tristeza… a todos los sentimientos que te invaden cada vez que recuerdas las circunstancias que no te permiten perdonar y olvidar.

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Perdoné pero…

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Muchas personas que conozco sufren por episodios que ocurrieron en su pasado y que les persiguen todavía hoy. Cuando les pregunto, suelen decir que perdonaron a quienes provocaron aquel problema original, incluidos ellos mismos. Pero los sentimientos indeseables se siguen repitiendo cuando menos los esperan o desean. Yo lo explico a través de los tres niveles de perdón: mental, emocional y celular. Solo cuando perdonamos a esos tres niveles llegamos al auténtico perdón absoluto.

 

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