Manejar creencias limitantes

Las creencia que nos limitan matan más que sueños. También acaban con la esperanza, la fe, la autoestima. Las creencias limitantes nos convencen que lo posible es imposible, que no hay nada que podamos hacer, que nada cambiará jamás. Son jaulas invisibles y poderosas que construimos alrededor de nuestras mentes. A no ser que descubramos y cuestionemos esas creencias, nuestras vidas se llenarán de limitaciones, dudas, dolor e incomprensión. Pero se pueden cambiar. Una vez creímos esas creencias… hoy podemos creer otras distintas.

Las creencias limitantes nacen muy pequeñitas.

Al principio no son más que una interpretación de una cierta realidad. Nos ocurre algo o algo ocurre en nuestro entorno. Observamos lo que pasa desde el punto de vista de nuestras experiencias y conocimiento anteriores y lo interpretamos de manera tentativa para que encaje con lo que ya sabíamos. Le damos una interpretación coherente y que nos cuadre. Entonces ocurre algo más. Y ese “algo más” confirma la interpretación del primer episodio. Así, despacio pero sin pausa, a la par que nuestra interpretación original se confirma una y otra vez, esa forma de ver las cosas empieza a cristalizarse en nuestra mente en forma de nueva creencia. Cuanto más la confirmemos, más sólida será.

La creencia se vuelve inconsciente.

Pronto, la creencia está tan interiorizada y resulta tan común, que dejamos de ser conscientes de ella. Pasa a formar parte de nuestro sistema de creencias inconscientes.

El cerebro humano resulta similar a un ordenador en su manera de funcionar, por lo que a partir de ese momento comienza a desempeñar su trabajo más habitual que consiste en confirmar esa creencia, así como todas las demás de nuestro sistema. La naturaleza, con su proverbial inteligencia, concedió a nuestro cerebro el trabajo de evitar que sintiéramos inseguridad o duda. Cuanto más sólidas sean nuestras creencias, más sólidos nos alzaremos ante el mundo .

El cerebro seleccionará maneras de confirmarla

Por consiguiente, el cerebro seleccionará y percibirá de manera inconsciente la información que necesite para confirmar aquello que ya sepamos. Toda la demás información, la que cuestione o dude de nuestras creencias, será ignorada u obviada.

Todas nuestras creencias se funden entre sí para dar lugar a las lentes a través de las cuales vemos e interpretamos el mundo que nos rodea. Así, no existen dos personas que compartan exactamente las mismas lentes.

Las creencias nos limitan

El tiempo transcurre y las creencias que se cristalizaron en el pasado en nosotros aún siguen en nuestro interior. Hemos estado viviendo según ellas. Algunas las establecimos ya en la infancia y permanecen todavía con nosotros, aunque ya no seamos niños. Otras las hemos adquirido más tarde. Es lógico, por lo tanto, que algunas nos ralenticen o reduzcan nuestra capacidad para percibir las cosas. Y ya solamente por eso, algunas de nuestras creencias nos limitarán. Otras nos limitarán porque no nos permitirán avanzar o porque nos impedirán ver nuevos caminos o desarrollos. También las habrá que nos limiten por inmovilizarnos aún cuando la vía esté clara.

Qué hacer

Para manejar las creencias limitantes debemos dar cuatro pasos. Por favor, permíteme que los comparta contigo pero recuerda que SOLO deberás cambiar UNA creencia cada vez. Si intentas cambiar varias simultáneamente correrás el riesgo de entrar en crisis. Cambia una creencia y, cuando lo hayas conseguido, cambia la siguiente.

  1. Identifica tus creencias ¿Cómo puedes cambiar algo que ni siquiera sabes que tienes? Pregúntate qué creencias tienes. Para hacerlo, observa tus pensamientos y escucha tus palabras. Cualquier frase que empiece con las palabras: “Creo que…,” “Me parece que…,” “Opino que…,” “Soy…,” “No puedo…,” “Debería…” y sus contrarias reflejarán tus creencias. Elige una.
  2. Cuestiona la creencia. Pregúntate si esa creencia en particular te limita o te inspira. Si decides que es negativa, pregúntate entonces si la quieres cambiar o si la quieres guardar. Si la respuesta es “cambiar,” continúa al tercer paso.
  3. Encuentra una sustituta. Este paso es complicado. Una vez identificas una creencia que te limita y decides que no la quieres guardar, deberás encontrar otra que la sustituya. Las creencias que sustituyen a otras se denominan declaraciones y son frases positivas en tiempo presente que tenemos la capacidad de convertir en realidad. Han de ser lo suficientemente diferentes de la creencia original, aunque no sus opuestas, puesto que entonces no las podríamos aceptar. Déjame que te dé un ejemplo: imaginemos que la creencia que quieres cambiar es:  ‘tengo mala suerte.‘ Decirte lo contrario, ‘tengo buena suerte‘ no funcionará porque no te lo creerás. Eso es una afirmación, no una declaración. No está en tu poder cambiarla porque tu creencia original la anula de base. Necesitas algo en lo que de verdad puedas creer para poder aplicarlo. Te bastaría con un pequeño cambio en la redacción de la frase para tener una nueva. ‘Yo soy responsable de mi propia suerte‘ podría funcionar porque te da el poder de elegir. Otra posibilidad sería algo como: ‘tengo suerte cuando…’ y le añades los ejemplos en los que vas a creer tu buena fortuna. Al cambiar la declaración original por una de estas, dejarás de limitarte. Pero espera, la vieja creencia sigue estando en ti. Esta nueva declaración no deja de ser solo eso, una declaración. Da el cuarto y último paso.
  4. Confirma y refuerza la nueva creencia. La nueva creencia debe sustituir lentamente a la vieja. Como ya hemos comentado, nuestro cerebro confirma constantemente nuestras creencias. Por lo tanto, necesitamos dejar de confirmar nuestras creencias viejas y comenzar a confirmar las nuevas. Para hacerlo implantaremos las nuevas en dos fases:
    1. Repite, repite, repite. Repite la nueva declaración un millón de veces. Repítela en tu cabeza, mentalmente, cantando, escríbela en un papel, dila en voz alta… escríbela con letras muy grandes y cuélgala en algún lugar donde la veas todo el rato como recordatorio. Haz que tu cerebro esté expuesto todo el rato a la nueva declaración, hasta que se convierta en inevitable e inolvidable. Y cuando te venga a la mente la vieja declaración, acéptala y di mentalmente, “sí, pero…” y repite la nueva declaración.
    2. Celébralo. Cada vez que tu nueva declaración se sienta auténtica, celébralo. Celebra el sentimiento, celebra la certeza, celebra haberla pensado. Aunque solo la sientas o la pienses durante un segundo. Celébralo. La emoción que sientas al celebrarlo fortalecerá la nueva declaración en tu cerebro.

Comienza a vivir tu nueva creencia

Eso es todo. Poco a poco, la vieja creencia ser irá borrando y la nueva ocupará su lugar. Algunas de las creencias más arraigadas necesitarán más tiempo pero persevera y aplica los cuatro pasos como los he descrito y las cosas comenzarán a cambiar en tu vida. Date la oportunidad de vivir una vida nueva y cambia las creencias que te limitan una a una.

Y recuerda disfrutar de la vida, de TODA ella,

Jessica J. Lockhart – humanología – www.jessicajlockhart.com

Jessica J. Lockhart es humanóloga, autora de cuatro libros y renombrada autora internacional. Síguela aquí:


Creencias adquiridas o aprendidas

No podía tener más de 8 o 9 años, tal vez fuera aún más joven. Fue durante una de aquellas reuniones familiares. Estábamos todos sentados alrededor de la mesa en casa de mi tía. No recuerdo cuál era la ocasión pero sí que había bastantes de mis primos sentados junto a mí.

La pregunta planteada por mi tía a todos nosotros, los niños, fue,  ‘¿cómo vas a reaccionar el día que fallezca tu madre?‘ Recuerdo haber pensado en lo que me preguntaban, planteándome de verdad cómo reaccionaría. Se me pasaron muchos pensamientos por la cabeza mientras mi tía se dirigía primero a los demás primos.

‘Oh, lloraré y lloraré.’ respondió la primera.

Sí, yo también. ¡Estaré tan triste!’

Me sentiré fatal y muy triste,‘ fue la tercera respuesta.

Y entonces me llegó mi turno. ‘Yo no sé qué haré,’ comencé a explicar. ‘Creo que voy a esperar a ver qué hace mi madre cuando se muera la suya y eso será lo que yo haga también.’

Mi respuesta chocó a todo el mundo. ‘¿Cómo puedes decir eso?‘ ‘¡Eso significa que realmente no quieres a tu madre!’ ‘¡Qué respuesta más fría! ¿Cómo puede una hija decir algo así?’

Recuerdo haberme sentido fatal. Era como si hubiese cometido un terrible pecado cuando, en realidad, solo había dicho la verdad, mi verdad. No era capaz de imaginarme en esa situación ni cómo iba a poder sentirme. Así que pensé hacer lo que siempre hacía cuando no sabía algo: aprender de mi madre.

A todo el mundo le molestó mucho mi respuesta. La tía que nos había interrogado estaba furiosa.

Entonces mi padre, que no se solía meter en ese tipo de conversación, dijo con mucha calma: ‘Lo siento, pero no entiendo todo este lío. Jessica se ha limitado a decir algo muy lógico. Cuando hay algo que no sabe, aprende imitando a su madre. Su respuesta solo demuestra que la tiene como modelo.’

Ni siquiera las palabras de mi padre pudieron convencer a los demás. Para ellos, yo era una niña insensible que no quería de verdad a su madre.

Obviamente, hoy entiendo mejor mi respuesta de entonces. Lo que realmente significaba era que yo todavía no había tenido oportunidad de aprender y desarrollar creencias sobre ese tema. Por el motivo que fuese, yo no había adquirido ninguna creencia que me pudiera servir de guía y esperaba poder aprenderlas a través de la experiencia. Como seres humanos, todos vemos el mundo y lo interpretamos según las experiencias y lecciones que hemos tenido hasta ese momento. Nuestras interpretaciones se pueden ver confirmadas (o no) con otras nuevas experiencias y lecciones. Si se confirman las suficientes veces, con el tiempo se convierten en creencias. Si no se confirman, no se cristalizan en creencias. No dispondrán de suficientes apoyos. Una vez se establece una creencia, su mecanismo se vuelve poco a poco subconsciente hasta que se integra completamente en nuestro sistema.

Más adelante, al crecer, aprendemos a elegir algunas de nuestras creencias. La elección es un poco más consciente y se nutre de muchas otras fuentes, haciendo así que el proceso resulte más controlado. Razonamos más y comenzamos a cuestionar nuestras propias interpretaciones. En la infancia la mayoría de nosotros carecemos de la capacidad de cuestionar nuestras interpretaciones y nuestras fuentes. Aceptamos las lecciones porque provienen de alguien en quien confiamos mucho.

Este patrón tiene una excepción. Tanto en la infancia como en la edad adulta se pueden creer creencias cuando se siente una emoción lo suficientemente fuerte sin necesidad de confirmar la interpretación original. Si hay algo que nos afecta mucho, esa sensación puede provocar de inmediato nuevas creencias en nosotros o hacernos cambiar alguna que ya tuviéramos. En el ejemplo que menciono más arriba, de haber experimentado una pérdida importante con anterioridad, tal vez ya hubiese contado con alguna creencia relacionada con la muerte. Pero como no había ocurrido ni disponía tampoco de interpretaciones repetidas al respecto, carecía de creencias previas sobre las que apoyarme.

Este es el proceso que todos seguimos para crear y confirmar creencias. En la infancia, nuestras primeras creencias se establecen por repetición, confirmando varias veces las interpretaciones que recibimos de nuestra fuente más sólida: los adultos. Si por lo que sea la fuente no es del todo fiable, como en los casos de abusos, adopción, negligencia y otras causas, el niño puede no llegar a desarrollar creencias sólidas y se sentirá inseguro o traumatizado. Cuando las creencias se establecen en la infancia y se anclan con firmeza en el subconsciente, cada vez se vuelven menos obvias y más firmes, y por ello más difíciles de identificar y cambiar. Por consiguiente, algunas de esas creencias adquiridas dan forma a nuestras vidas sin que seamos conscientes del gran impacto que provocan.

En ese sentido, las creencias se parecen un poco a los idiomas. Nuestro idioma nativo es adquirido. Lo aprendemos en la infancia, invirtiendo muchas, muchísimas horas en su adquisición. No lo estudiamos. No lo aprendemos como tal. No hacemos el esfuerzo consciente de comprenderlo y hacerlo nuestro. Simplemente crece en nuestro inconsciente. Los demás idiomas, el segundo o el tercero, los solemos aprender. Los estudiamos. Realizamos el esfuerzo consciente por comprender sus reglas y cómo funcionan. Invertimos tiempo y trabajamos duro para dominarlos. Con el tiempo, esos otros idiomas también los podemos asimilar y usarlos con comodidad como herramientas de comunicación. Además, las creencias se parecen a los idiomas en otro aspecto. A no ser que se usen de manera constante, los idiomas se olvidan a la misma velocidad que se aprendieron. Si adquieres tu idioma al crecer, te costará muchas, muchísimas horas de inmersión total dominarlo y el mismo tiempo olvidarlo. Si lo estudias más tarde, invertirás mucho en clases y cursos pero nunca tantas horas como los nativos y lo olvidarás al mismo ritmo que lo aprendiste. Sí, las creencias también son un poco así. Adquirimos las primeras en la infancia y aprendemos otras al crecer y las que confirmamos durante más tiempo son las más difíciles de cambiar. Por consiguiente, las creencias adquiridas tienden a estar más integradas y ser inconscientes mientras que las demás las aprendemos más adelante en la vida. Tanto las creencias como los idiomas son tareas para toda la vida.

Podríamos deducir, por lo tanto, que cambiar las creencias adquiridas resulta mucho más duro que las aprendidas. De hecho, así suele ser. Aunque podría haber algunas excepciones cuando hay emociones de por medio, cambiar las creencias que hemos adquirido suele necesitar mucho más trabajo. Un bueno proceso, bien sistematizado, puede agilizar y facilitar el proceso.

La próxima vez que cuestiones alguna de tus creencias, no te rindas y recuerda que algunas de ellas podrían ser más difíciles de cambiar porque te costó más tiempo aprenderlas.

Disfruta de la vida, de TODA ella,

Jessica J. Lockhart – humanología – www.jessicajlockhart.com

Jessica J. Lockhart es humanóloga, autora de 4 libros y renombrada conferenciante internacional. Síguela aquí:


La humanidad padece creencias limitantes

Desde hace siglos, los seres humanos perpetúan y difunden ciertas creencias limitantes que provocan actitudes y comportamientos también limitantes. Como consecuencia, la humanidad lleva siglos transmitiendo y preservando creencias que solo nos dañan como especie. En lugar de unirnos y hacernos más fuertes, nos debilitan. Solo cuando seamos capaces de identificar, cuestionar y cambiar esas creencias podrá la humanidad avanzar hacia una nueva existencia más tolerante.

Permíteme que te ofrezca un ejemplo. La mayoría de los seres humanos consideran que la suya es una de las mejores culturas del planeta, si no LA mejor. Mucha gente cree cosas como …

  • Mi cultura es la mejor del mundo.
  • Mi cultura transmite valores, principios y virtudes como ninguna otra.
  • Muchas de las tradiciones de mi cultura nos hacen mejores que los demás

Cuando un nuevo ser humano nace en una de esas culturas, aprende a despreciar las demás, aunque no tuviera capacidad de elegir dónde iba a nacer. Así, debido a esas creencias, rechazará las demás culturas y podrá llegar, incluso, a sentir una gran inseguridad o ansiedad si alguien le demuestra que está equivocado.

Así es cómo nacen los conflictos y las crisis. Muchas de esas creencias limitantes se transmiten de generación a generación. Estos son algunos otros ejemplos:

  • La cultura y la visión del mundo que he heredado son LA verdad
  • Solo quienes defienden mi cultura tienen razón
  • NOSOTROS somos los elegidos. Todos los demás son inferiores
  • Nací para ser quien soy y mi cultura me ofrece ciertos principios, visiones y creencias que me convierten en mejor que los demás
  • El máximo objetivo de la humanidad es alcanzar el éxito
  • Todo ser humano debe sobresalir en algo. Hemos de luchar e intentar siempre ser mejores
  • La vida es una carrera que debemos correr
  • La vida es dura

Cuando dos personas de culturas diferentes comparten una misma creencia, ambas están convencidas de ser superiores. Al intentar demostrar que la otra persona está equivocada, y porque ambas están convencidas de ser mejores, surge el conflicto. Intentarán demostrar al otro que tienen razón y se apoyarán para eso en la firmeza de sus creencias.

Al perpetuar ciertas creencias, también perpetuamos las limitaciones y el conflicto.

Sin embargo, las cosas no tienen por qué ser así. Los seres humanos tenemos la capacidad de elegir. Podemos decidir modificar ligeramente las creencias que transmitimos, lo suficiente para que no resulten tan limitantes. En lugar de decir, “la vida es una carrera que debemos correr” podemos transmitir, “la vida es una carrera que podemos correr.” En lugar de decir, “la cultura y la visión del mundo que he heredado son la verdad,” podemos transmitir, “la cultura y la visión del mundo que he heredado son mi verdad.” O incluso, en lugar de decir, “la vida es dura,” podemos transmitir algo como, “la vida puede ser dura o no.” Esos sencillos cambios en la forma de expresarnos abren el camino a nuevas posibilidades. Al no ser tan limitantes, damos permiso a la siguiente generación a cuestionar lo rígido de sus creencias y la opción de aceptar a los demás con más facilidad, ayudando así a la humanidad a comprenderse mejor los unos a los otros.

Yo sé que este enfoque necesitará tiempo, algunas generaciones tal vez, para convertirse en una realidad. Pero ningún camino se puede recorrer sin dar el primer paso. Y esta pequeña reflexión mía de hoy te podría ayudar a dar ese primer paso llevándote a pensar en tus propias creencias limitantes desde una perspectiva ligeramente distinta. Y si descubres que, efectivamente, alguna de tus creencias te limitan, plantéate entonces cómo las puedes cambiar al expresarlas en tu día a día ante los demás, ante tus hijos u otros niños aún en fase de desarrollo, en sociedad, ante tus compañeros y amigos; cómo puedes contribuir a sembrar una nueva semilla con una creencia menos limitante para ayudar a que se extienda por tu cultura. Cuando alguien te plantee una creencia cultural limitante, puedes también ofrecer una versión de la misma menos rígida y así abrir una pequeña puerta a la esperanza. Está en nuestras manos cambiar esas creencias paso a paso, grano a grano, palabra a palabra. Ayúdate y ayuda a las generaciones futuras a eliminar obstáculos, limitaciones y conflictos. Redefine tus creencias.

Te animo a que explores y te plantees algunas ideas más:

  • Elimina las palabras limitantes y cerradas de tus creencias: en lugar de “siempre,” “nunca,” “todos,” “nadie,” etcétera, abre las expresiones con términos menos cerrados como “en ocasiones,” “rara vez,” “en general,” “tal vez alguien,” y otras parecidas.
  • Al hablar con otras personas, sean niños o adultos, añade flexibilidad a tus expresiones. Deja siempre una puerta abierta a la duda. Al fin y al cabo, ningún ser humano lo conoce TODO ni lo ha experimentado TODO. Así, comienza siempre tus expresiones de creencias declarando que es TU creencia y que puede haber otras igualmente válidas.
  • Pregúntate a ti mismo qué te limita, qué obstáculos percibes en tu vida y revisa cómo te hablas sobre ellos. Seguro que también hacia ti mismo puedes cambiar tu manera de expresarte.
  • Al pensar en la supremacía de tu cultura, recuerda que todas las grandes culturas de la historia terminaron siendo sustituidas por otras. ¿Cuál es tu base histórica para creer que la tuya es mejor? Cuestiona tu creencia desde la base.
  • Date permiso para dudar. Y para que duden otros.
  • Busca y define creencias que te aporten cosas positivas, no negativas.
  • Date permiso para aprender y seguir creciendo.

Disfruta de la vida, de TODA ella,

Jessica J. Lockhart – Humanología – www.jessicajlockhart.com

Jessica J. Lockhart es humanóloga, autora de 4 libros y reconocida conferenciante internacional. Síguela aquí: