¡Tú estás al mando! Recupera el control de tu ser y deja de sufrir ya.

“A veces mis pensamientos se desbocan. Inundan mi mente consciente de mensajes repetidos e incluso indeseados. Crecen en mí. Me distraen de todo lo demás. Solo existen ellos… mis pensamientos, su mensaje sin fin, mi mente. Toman el control y yo me rindo.”

¿Te has sentido así alguna vez? ¿Has tenido alguna vez la impresión de que tu mente, tus pensamientos, tu ego… llámalo como gustes, se ha hecho con el control? Cuando la avalancha cae sobre ti, es como ahogarse en una cascada: no se puede hacer nada, solo rendirse.

La sensación de que los pensamientos mandan puede ser tan común y automática en algunas personas, que ni siquiera son conscientes de ella. No se dan cuenta que están totalmente inmersas en sus pensamientos, dentro de ellos, y de alguna forma desconectadas del mundo exterior hasta que alguien se lo indica. A veces los pensamientos parecen inocuos, como soñar despiertos. En otras ocasiones, los pensamientos les asaltan en forma de declaraciones destructivas o negativas. Hay algo común en ambas situaciones: la persona pierde el control y su mente toma el mando.

¿Con cuánta frecuencia pierdes el control? ¿Con cuánta frecuencia toman el poder tus pensamientos o tu mente? ¿Con cuánta frecuencia tienes la impresión de que no puedes dejar de pensar? ¿Con cuánta frecuencia desearías poder desconectar tus pensamientos?

Después de años trabajando con personas que sufren de pensamientos destructivos o invasores, me he dado cuenta que muchas de ellas no eran totalmente conscientes que no somos solo seres de pensamiento. Muchas personas no se dan cuenta que los seres humanos somos mucho más que nuestros mensajes mentales y los sentimientos que desencadenan. ¡Todos somos muchísimo más que solo nuestras mentes! Ayudar a mis clientes a comprender esta pequeña pero potente verdad con frecuencia les ayuda a retomar poco a poco el control de sus procesos mentales.

Si alguna vez eres víctima de tus pensamientos, prueba este sencillo ejercicio. Siéntate en algún lugar cómodo y deja que tus pensamientos se centren en un objeto, uno cualquiera, el que prefieras. Míralo. Obsérvalo con detenimiento: su forma, sus colores, su tamaño… Después obsérvate a ti observando el objeto. ¿Eres capaz de observarte pensando? ¿Eres capaz de percibirte? Continúa observando el objeto. ¿Sientes tu cuerpo, tu ropa o escuchas los sonidos que te rodean? ¿Estás respirando, tragando y haciendo a la vez una miríada de pequeñas cosas? Ahora, por favor, concéntrate en el objeto, observa su silueta, cómo refleja o no refleja la luz y, a la vez, siente tu cuerpo. ¿Sientes tus manos o tus pies, cómo entra el aire en ti a través de tu nariz o tu boca? Bien, gracias. Pasemos ahora a la segunda parte de este ejercicio…

Por favor, responde a estas cinco preguntas…

  1. Cuando estabas mirando el objeto, ¿te has podido percibir a ti observándolo?
  2. ¿Has conseguido que todas esas otras pequeñas actividades como respirar continuaran funcionando a la vez?
  3. ¿Has sido consciente de tu cuerpo?
  4. ¿Le has podido decir a tu cerebro en qué debía centrarse?
  5. ¿Podías das instrucciones a tu cerebro?

Si has respondido afirmativamente a cualquiera de estas preguntas, plantéate una más: si tu cerebro estaba centrado en el objeto, ¿quién le estaba diciendo que se enfocara en otras cosas y que siguiera tus instrucciones?

Sí, eras tú. Tú eras quién le estaba diciendo a tu cerebro que se centrara en esto o aquello. Tú eras quién estaba dando las instrucciones y siguiéndolas. Tu cerebro te estaba obedeciendo. Tú estabas al mando.

Eso es lo que resulta diferente cuando tú estás al mando, en lugar de que manden tus pensamientos. Tú decides, no tus pensamientos. La buena noticia es que tú siempre estás ahí. Tu cerebro es parte de ti pero tú… ¡oh, tú eres mucho mayor y más grande que tu cerebro! Tú eres quien manda sobre el cerebro. Tú eres quien manda sobre tus pensamientos y tu mente.

Cada vez que permites que tus pensamientos te controlen, entregas tu propia humanidad a tu mente, que a partir de ese momento comienza a repetir una y otra vez los patrones que ha aprendido. Porque eso es lo que hacen los cerebros. Son como ordenadores. Solo pueden repetir lo que ya tienen en su interior.

Solo cuando seas capaz de salir de tus pensamientos podrás controlarlos. Solo siendo consciente de que estás dentro de tu mente y mirando al mundo y realices el esfuerzo consciente de salir del reino de tus pensamientos y entrar en el mundo exterior serás capaz de recuperar el control. No lo olvides nunca. Tú estás al mando, no tus pensamientos. ¡Tú eres mucho más que ellos!

Sé consciente de dónde estás.  ¿Estás dentro, en tus pensamientos, o fuera, en el mundo real? Esta es la clave para controlar todo tu ser. Toma las riendas de tus pensamientos, sé su dueño, eligiendo de forma consciente no permitirles que te dominen y poco a poco te librarás de su invasión.

Disfruta de la vida, de TODA ella,

Jessica J. Lockhart – humanología – www.jessicajlockhart.com

Jessica J. Lockhart es humanóloga, autora de 4 libros y reconocida conferenciante internacional. Síguela aquí:


Manejar creencias limitantes

Las creencia que nos limitan matan más que sueños. También acaban con la esperanza, la fe, la autoestima. Las creencias limitantes nos convencen que lo posible es imposible, que no hay nada que podamos hacer, que nada cambiará jamás. Son jaulas invisibles y poderosas que construimos alrededor de nuestras mentes. A no ser que descubramos y cuestionemos esas creencias, nuestras vidas se llenarán de limitaciones, dudas, dolor e incomprensión. Pero se pueden cambiar. Una vez creímos esas creencias… hoy podemos creer otras distintas.

Las creencias limitantes nacen muy pequeñitas.

Al principio no son más que una interpretación de una cierta realidad. Nos ocurre algo o algo ocurre en nuestro entorno. Observamos lo que pasa desde el punto de vista de nuestras experiencias y conocimiento anteriores y lo interpretamos de manera tentativa para que encaje con lo que ya sabíamos. Le damos una interpretación coherente y que nos cuadre. Entonces ocurre algo más. Y ese “algo más” confirma la interpretación del primer episodio. Así, despacio pero sin pausa, a la par que nuestra interpretación original se confirma una y otra vez, esa forma de ver las cosas empieza a cristalizarse en nuestra mente en forma de nueva creencia. Cuanto más la confirmemos, más sólida será.

La creencia se vuelve inconsciente.

Pronto, la creencia está tan interiorizada y resulta tan común, que dejamos de ser conscientes de ella. Pasa a formar parte de nuestro sistema de creencias inconscientes.

El cerebro humano resulta similar a un ordenador en su manera de funcionar, por lo que a partir de ese momento comienza a desempeñar su trabajo más habitual que consiste en confirmar esa creencia, así como todas las demás de nuestro sistema. La naturaleza, con su proverbial inteligencia, concedió a nuestro cerebro el trabajo de evitar que sintiéramos inseguridad o duda. Cuanto más sólidas sean nuestras creencias, más sólidos nos alzaremos ante el mundo .

El cerebro seleccionará maneras de confirmarla

Por consiguiente, el cerebro seleccionará y percibirá de manera inconsciente la información que necesite para confirmar aquello que ya sepamos. Toda la demás información, la que cuestione o dude de nuestras creencias, será ignorada u obviada.

Todas nuestras creencias se funden entre sí para dar lugar a las lentes a través de las cuales vemos e interpretamos el mundo que nos rodea. Así, no existen dos personas que compartan exactamente las mismas lentes.

Las creencias nos limitan

El tiempo transcurre y las creencias que se cristalizaron en el pasado en nosotros aún siguen en nuestro interior. Hemos estado viviendo según ellas. Algunas las establecimos ya en la infancia y permanecen todavía con nosotros, aunque ya no seamos niños. Otras las hemos adquirido más tarde. Es lógico, por lo tanto, que algunas nos ralenticen o reduzcan nuestra capacidad para percibir las cosas. Y ya solamente por eso, algunas de nuestras creencias nos limitarán. Otras nos limitarán porque no nos permitirán avanzar o porque nos impedirán ver nuevos caminos o desarrollos. También las habrá que nos limiten por inmovilizarnos aún cuando la vía esté clara.

Qué hacer

Para manejar las creencias limitantes debemos dar cuatro pasos. Por favor, permíteme que los comparta contigo pero recuerda que SOLO deberás cambiar UNA creencia cada vez. Si intentas cambiar varias simultáneamente correrás el riesgo de entrar en crisis. Cambia una creencia y, cuando lo hayas conseguido, cambia la siguiente.

  1. Identifica tus creencias ¿Cómo puedes cambiar algo que ni siquiera sabes que tienes? Pregúntate qué creencias tienes. Para hacerlo, observa tus pensamientos y escucha tus palabras. Cualquier frase que empiece con las palabras: “Creo que…,” “Me parece que…,” “Opino que…,” “Soy…,” “No puedo…,” “Debería…” y sus contrarias reflejarán tus creencias. Elige una.
  2. Cuestiona la creencia. Pregúntate si esa creencia en particular te limita o te inspira. Si decides que es negativa, pregúntate entonces si la quieres cambiar o si la quieres guardar. Si la respuesta es “cambiar,” continúa al tercer paso.
  3. Encuentra una sustituta. Este paso es complicado. Una vez identificas una creencia que te limita y decides que no la quieres guardar, deberás encontrar otra que la sustituya. Las creencias que sustituyen a otras se denominan declaraciones y son frases positivas en tiempo presente que tenemos la capacidad de convertir en realidad. Han de ser lo suficientemente diferentes de la creencia original, aunque no sus opuestas, puesto que entonces no las podríamos aceptar. Déjame que te dé un ejemplo: imaginemos que la creencia que quieres cambiar es:  ‘tengo mala suerte.‘ Decirte lo contrario, ‘tengo buena suerte‘ no funcionará porque no te lo creerás. Eso es una afirmación, no una declaración. No está en tu poder cambiarla porque tu creencia original la anula de base. Necesitas algo en lo que de verdad puedas creer para poder aplicarlo. Te bastaría con un pequeño cambio en la redacción de la frase para tener una nueva. ‘Yo soy responsable de mi propia suerte‘ podría funcionar porque te da el poder de elegir. Otra posibilidad sería algo como: ‘tengo suerte cuando…’ y le añades los ejemplos en los que vas a creer tu buena fortuna. Al cambiar la declaración original por una de estas, dejarás de limitarte. Pero espera, la vieja creencia sigue estando en ti. Esta nueva declaración no deja de ser solo eso, una declaración. Da el cuarto y último paso.
  4. Confirma y refuerza la nueva creencia. La nueva creencia debe sustituir lentamente a la vieja. Como ya hemos comentado, nuestro cerebro confirma constantemente nuestras creencias. Por lo tanto, necesitamos dejar de confirmar nuestras creencias viejas y comenzar a confirmar las nuevas. Para hacerlo implantaremos las nuevas en dos fases:
    1. Repite, repite, repite. Repite la nueva declaración un millón de veces. Repítela en tu cabeza, mentalmente, cantando, escríbela en un papel, dila en voz alta… escríbela con letras muy grandes y cuélgala en algún lugar donde la veas todo el rato como recordatorio. Haz que tu cerebro esté expuesto todo el rato a la nueva declaración, hasta que se convierta en inevitable e inolvidable. Y cuando te venga a la mente la vieja declaración, acéptala y di mentalmente, “sí, pero…” y repite la nueva declaración.
    2. Celébralo. Cada vez que tu nueva declaración se sienta auténtica, celébralo. Celebra el sentimiento, celebra la certeza, celebra haberla pensado. Aunque solo la sientas o la pienses durante un segundo. Celébralo. La emoción que sientas al celebrarlo fortalecerá la nueva declaración en tu cerebro.

Comienza a vivir tu nueva creencia

Eso es todo. Poco a poco, la vieja creencia ser irá borrando y la nueva ocupará su lugar. Algunas de las creencias más arraigadas necesitarán más tiempo pero persevera y aplica los cuatro pasos como los he descrito y las cosas comenzarán a cambiar en tu vida. Date la oportunidad de vivir una vida nueva y cambia las creencias que te limitan una a una.

Y recuerda disfrutar de la vida, de TODA ella,

Jessica J. Lockhart – humanología – www.jessicajlockhart.com

Jessica J. Lockhart es humanóloga, autora de cuatro libros y renombrada autora internacional. Síguela aquí:


Creencias adquiridas o aprendidas

No podía tener más de 8 o 9 años, tal vez fuera aún más joven. Fue durante una de aquellas reuniones familiares. Estábamos todos sentados alrededor de la mesa en casa de mi tía. No recuerdo cuál era la ocasión pero sí que había bastantes de mis primos sentados junto a mí.

La pregunta planteada por mi tía a todos nosotros, los niños, fue,  ‘¿cómo vas a reaccionar el día que fallezca tu madre?‘ Recuerdo haber pensado en lo que me preguntaban, planteándome de verdad cómo reaccionaría. Se me pasaron muchos pensamientos por la cabeza mientras mi tía se dirigía primero a los demás primos.

‘Oh, lloraré y lloraré.’ respondió la primera.

Sí, yo también. ¡Estaré tan triste!’

Me sentiré fatal y muy triste,‘ fue la tercera respuesta.

Y entonces me llegó mi turno. ‘Yo no sé qué haré,’ comencé a explicar. ‘Creo que voy a esperar a ver qué hace mi madre cuando se muera la suya y eso será lo que yo haga también.’

Mi respuesta chocó a todo el mundo. ‘¿Cómo puedes decir eso?‘ ‘¡Eso significa que realmente no quieres a tu madre!’ ‘¡Qué respuesta más fría! ¿Cómo puede una hija decir algo así?’

Recuerdo haberme sentido fatal. Era como si hubiese cometido un terrible pecado cuando, en realidad, solo había dicho la verdad, mi verdad. No era capaz de imaginarme en esa situación ni cómo iba a poder sentirme. Así que pensé hacer lo que siempre hacía cuando no sabía algo: aprender de mi madre.

A todo el mundo le molestó mucho mi respuesta. La tía que nos había interrogado estaba furiosa.

Entonces mi padre, que no se solía meter en ese tipo de conversación, dijo con mucha calma: ‘Lo siento, pero no entiendo todo este lío. Jessica se ha limitado a decir algo muy lógico. Cuando hay algo que no sabe, aprende imitando a su madre. Su respuesta solo demuestra que la tiene como modelo.’

Ni siquiera las palabras de mi padre pudieron convencer a los demás. Para ellos, yo era una niña insensible que no quería de verdad a su madre.

Obviamente, hoy entiendo mejor mi respuesta de entonces. Lo que realmente significaba era que yo todavía no había tenido oportunidad de aprender y desarrollar creencias sobre ese tema. Por el motivo que fuese, yo no había adquirido ninguna creencia que me pudiera servir de guía y esperaba poder aprenderlas a través de la experiencia. Como seres humanos, todos vemos el mundo y lo interpretamos según las experiencias y lecciones que hemos tenido hasta ese momento. Nuestras interpretaciones se pueden ver confirmadas (o no) con otras nuevas experiencias y lecciones. Si se confirman las suficientes veces, con el tiempo se convierten en creencias. Si no se confirman, no se cristalizan en creencias. No dispondrán de suficientes apoyos. Una vez se establece una creencia, su mecanismo se vuelve poco a poco subconsciente hasta que se integra completamente en nuestro sistema.

Más adelante, al crecer, aprendemos a elegir algunas de nuestras creencias. La elección es un poco más consciente y se nutre de muchas otras fuentes, haciendo así que el proceso resulte más controlado. Razonamos más y comenzamos a cuestionar nuestras propias interpretaciones. En la infancia la mayoría de nosotros carecemos de la capacidad de cuestionar nuestras interpretaciones y nuestras fuentes. Aceptamos las lecciones porque provienen de alguien en quien confiamos mucho.

Este patrón tiene una excepción. Tanto en la infancia como en la edad adulta se pueden creer creencias cuando se siente una emoción lo suficientemente fuerte sin necesidad de confirmar la interpretación original. Si hay algo que nos afecta mucho, esa sensación puede provocar de inmediato nuevas creencias en nosotros o hacernos cambiar alguna que ya tuviéramos. En el ejemplo que menciono más arriba, de haber experimentado una pérdida importante con anterioridad, tal vez ya hubiese contado con alguna creencia relacionada con la muerte. Pero como no había ocurrido ni disponía tampoco de interpretaciones repetidas al respecto, carecía de creencias previas sobre las que apoyarme.

Este es el proceso que todos seguimos para crear y confirmar creencias. En la infancia, nuestras primeras creencias se establecen por repetición, confirmando varias veces las interpretaciones que recibimos de nuestra fuente más sólida: los adultos. Si por lo que sea la fuente no es del todo fiable, como en los casos de abusos, adopción, negligencia y otras causas, el niño puede no llegar a desarrollar creencias sólidas y se sentirá inseguro o traumatizado. Cuando las creencias se establecen en la infancia y se anclan con firmeza en el subconsciente, cada vez se vuelven menos obvias y más firmes, y por ello más difíciles de identificar y cambiar. Por consiguiente, algunas de esas creencias adquiridas dan forma a nuestras vidas sin que seamos conscientes del gran impacto que provocan.

En ese sentido, las creencias se parecen un poco a los idiomas. Nuestro idioma nativo es adquirido. Lo aprendemos en la infancia, invirtiendo muchas, muchísimas horas en su adquisición. No lo estudiamos. No lo aprendemos como tal. No hacemos el esfuerzo consciente de comprenderlo y hacerlo nuestro. Simplemente crece en nuestro inconsciente. Los demás idiomas, el segundo o el tercero, los solemos aprender. Los estudiamos. Realizamos el esfuerzo consciente por comprender sus reglas y cómo funcionan. Invertimos tiempo y trabajamos duro para dominarlos. Con el tiempo, esos otros idiomas también los podemos asimilar y usarlos con comodidad como herramientas de comunicación. Además, las creencias se parecen a los idiomas en otro aspecto. A no ser que se usen de manera constante, los idiomas se olvidan a la misma velocidad que se aprendieron. Si adquieres tu idioma al crecer, te costará muchas, muchísimas horas de inmersión total dominarlo y el mismo tiempo olvidarlo. Si lo estudias más tarde, invertirás mucho en clases y cursos pero nunca tantas horas como los nativos y lo olvidarás al mismo ritmo que lo aprendiste. Sí, las creencias también son un poco así. Adquirimos las primeras en la infancia y aprendemos otras al crecer y las que confirmamos durante más tiempo son las más difíciles de cambiar. Por consiguiente, las creencias adquiridas tienden a estar más integradas y ser inconscientes mientras que las demás las aprendemos más adelante en la vida. Tanto las creencias como los idiomas son tareas para toda la vida.

Podríamos deducir, por lo tanto, que cambiar las creencias adquiridas resulta mucho más duro que las aprendidas. De hecho, así suele ser. Aunque podría haber algunas excepciones cuando hay emociones de por medio, cambiar las creencias que hemos adquirido suele necesitar mucho más trabajo. Un bueno proceso, bien sistematizado, puede agilizar y facilitar el proceso.

La próxima vez que cuestiones alguna de tus creencias, no te rindas y recuerda que algunas de ellas podrían ser más difíciles de cambiar porque te costó más tiempo aprenderlas.

Disfruta de la vida, de TODA ella,

Jessica J. Lockhart – humanología – www.jessicajlockhart.com

Jessica J. Lockhart es humanóloga, autora de 4 libros y renombrada conferenciante internacional. Síguela aquí: