Juzgar a los demás

Me gustaría referirme a las grandes controversias que están surgiendo en muchos lugares del mundo respecto a la comunidad LGTB, la homosexualidad, el transgenerismo y otras orientaciones sexuales y contaros algunas de mis experiencias personales y profesionales en este terreno.

Muchas personas creen que la orientación sexual es cuestión de elección; que las personas eligen declararse homosexuales, transgénero, género no binario, pansexuales, asexuales o cualquier otro adjetivo con el solo objetivo de ser diferentes (!) o disfrutar de placeres sexuales “prohibidos” al resto de la humanidad. Por favor, permitidme que cuestione esas creencias. Como leeréis más abajo, cuento con mucha experiencia con miles de personas, de las cuales una gran cantidad tienen orientaciones sexuales diferentes. Si hay algo que todas esas personas “diferentes” tienen en común es el SUFRIMIENTO. Todas sufren. Sufren y mucho cuando se ven rechazas por los demás. Sufren cuando les atacan directamente. Sufren de soledad. Sufren de discriminación. Sufren por falta de comprensión.

Sin embargo, el primer sufrimiento que tienen en común todas esas personas es el provocado por dudar de sí mismas al intentar aceptarse como son. Aceptar su inclinación sexual con frecuencia provoca terribles luchas internas, dolor, auto-críticas y profundas incertidumbres. Ser diferentes de lo que la sociedad considera “normales” a menudo va de la mano de un cuestionamiento de la propia salud mental: ¿Soy un mal ser humano? ¿Estoy loco? ¿Soy una criatura extraña? ¿Merezco vivir? ¿Soy una aberración? ¿Debería morir por lo que siento? ¿Debería acabarlo todo? 

Muchas personas no son lo suficientemente valientes para enfrentarse a sí mismas y soportar el dolor porque para ello necesitarían casi poderes sobrenaturales.

Las personas críticas tienden a creer que la comunidad LGBT elige declararse especial con toda alegría y muy a la ligera. Mi experiencia me dice que cada salida del armario oculta ingentes cantidades de dolor.

Aceptar que somos diferentes en un mundo que defiende lo uniforme es una ruta muy difícil de seguir. Yo no puedo creer que nadie elija tanto sufrimiento si puede evitarlo de ALGUNA OTRA manera.

Déjame que te cuente mis historias…

Mi primer novio era gay. La primera vez que me topé con el concepto de la homosexualidad, tendría unos 14 ó 15 años y había empezado a salir con un chico alemán. Yo vivía en España. Nos habíamos conocido en su país y nos habíamos visto con bastante frecuencia aquel verano. Vino de vacaciones a mi casa en Navidad. Y fue entonces cuando me confesó que se sentía atraído por uno de los amigos que le presenté y que era homosexual. No entendía de qué me estaba hablando. Todavía era muy ingenua y no comprendía qué me estaba diciendo. Pero nos queríamos mucho de una manera dulce e inocente, así que me fui a buscar ayuda. Le pregunté a un psicólogo cómo me podía ayudar a ayudar a mi amigo. La respuesta fue que la orientación sexual es algo personal.

Mi noviete y yo seguimos siendo amigos durante muchos, muchos años. De hecho, aún lo somos. Nuestra amistad es tan sólida que podemos hablar sin prejuicios ni limitaciones.

Os puedo decir que él nunca eligió sufrir como lo hizo y todavía hoy aún lo hace.

Mi mejor amigo era gay. Curiosamente, un par de años después de salir con ese chico alemán, conocí a otro, aunque este último de la ciudad dónde yo vivía. Nos hicimos inseparables. Llegamos a estar más unidos que si fuéramos hermanos, con ese tipo de amistad que solo ocurre una o dos veces en la vida y dura para siempre. Estábamos tan unidos que, cuando le diagnosticaron VIH, solo su pareja y yo lo supimos durante muchos años, hasta que ya no se pudo ocultar más.

Os puedo decir que él nunca eligió sufrir como lo hizo.

Una persona muy cercana a mí es transgénero. Nació niña pero pronto se dio cuenta que había algo diferente en él. Un día, leyendo artículos en internet, encajaron todas las piezas y comprendió qué le ocurría: era un niño en el cuerpo equivocado. Aceptar un cambio de esa magnitud le provocó durante años un profundo dolor  y un enorme sufrimiento. Y todavía hoy recibe amenazas por haberse extirpado los pechos. Por lo que el dolor continúa.

Os puedo decir que nunca eligió sufrir como lo hizo y aún hoy lo hace.

Muchos de mis clientes se han planteado el suicidio. Si tener una orientación sexual diferente fuese algo tan fácil y divertido, no habría suicidios ni tratamientos en hospitales de salud mental para la comunidad LGTB!!! El sufrimiento es real y a menudo para toda la vida.

Mis clientes nunca eligieron sufrir como lo hicieron y como aún lo hacen hoy.

Qué he aprendido y me gustaría compartir aquí…

La comunidad LGTB tiene dos opciones: aceptarse a sí mismos como son u ocultarlo al resto del mundo y fingir durante todas sus vidas que son lo que no son.

Veo campañas y acciones dirigidas contra la comunidad LGTB por todo el mundo; oigo hablar de castigos, encarcelamientos, penas de muerte y otros abusos. ¿Todavía creéis que eligen sentir lo que sienten? ¿Todavía creéis que pueda haber alguien que sufra tanto por voluntad propia? ¿Todavía de verdad podéis creer que estos seres humanos lo hacen solo por diversión?

Soy humanóloga. Trabajo ayudando a las personas a enfocar y resolver sus problemas en cualquier aspecto de sus vidas. Una de las cosas que he aprendido después de tantos años trabajando con seres humanos es que TODOS QUEREMOS SER FELICES. Sin excepción. Es cierto que la felicidad puede significar conceptos diferentes para las diferentes personas pero no he conocido a ninguna persona, ni tan solo a una, que no haya querido ser feliz. Así que dejadme que cuestione vuestras creencias que dicen que la comunidad LGTB solo se quiere divertir. La cantidad de sufrimiento que tienen que soportar en sus vidas claramente refuta esas creencias.

La próxima vez que os permitáis juzgar a otra persona recordad, por favor, que no la conocéis realmente. Recordad que tiene sus propias historias; historias que vosotros no habéis vivido. Y que nadie elige sufrir tanto a no ser que no le quede otra opción.

Disfruta de la vida, de TODA ella,

Jessica J. Lockhart – humanología – www.jessicajlockhart.com

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Y aún así, juzgamos

Dadas las controversias sobre las minorías hoy en muchos lugares del mundo, quiero defender que todos nacemos como tablas rasas, sin conocimiento alguno, sin creencias, sin consciencia siquiera de nuestro propio ser.  Nacemos donde nacemos, sin ninguna capacidad de elegir. Nadie elige dónde nace.

Nacer en el seno de una familia privilegiada o en un país u otro no tiene ningún mérito. Tú no hiciste nada para merecerlo ni lo elegiste. ¿Por qué, entonces, hay tantas personas que se sienten superiores a las demás solo por eso!? Otras personas nacen en situaciones que les limitan, como entornos de pobreza, y se encuentran con muchas menos oportunidades ya desde ese momento. Pero tampoco ellas eligieron nacer allí, ¿verdad? Entonces, ¿por qué les juzgamos? ¿Por qué les consideramos seres inferiores? ¿Por qué fruncimos el ceño y sentimos que merecen menos de lo que nosotros, oh seres afortunados, sí merecemos?

El lugar en que nacemos nos expone a la cultura y al sistema de creencias de ese lugar en particular. Si naces en Europa, aprenderás ciertas cosas en la escuela; si lo haces en Kazajistán, aprenderás otras; y si da la casualidad de que ves el mundo por primera vez en una aldea de Gambia, también tu aprendizaje será diferente. En qué familia nazcas también de brindará más o menos oportunidades. Escucharás y verás ciertas cosas. Eso será lo único que conozcas, en especial durante tus primeros años de vida. Si naces en el seno de una familia adinerada, tal vez haya muchas personas que te cuiden o dediques tu tiempo a divertirte o a aprender a comportarte en sociedad. Si naces en la pobreza, tal vez dediques tu tiempo a aprender cómo encontrar alimentos o a cualquier otra tarea tan básica como esa. Y sin embargo, tampoco eso fue algo en lo que pudieras influir.

Nos sentimos con derecho a juzgar a los demás porque han nacido en otros lugares, en otros hogares, en otras culturas o dentro de otros sistemas de creencias.

Después adquieres las creencias a las que te ves expuesto. Aprendes de tus mayores. Ves y oyes aquello que te rodea. No tienes elección. Y aún así, te juzgamos.

Y, equipado con tus aprendizajes, con tus experiencias y tu visión del mundo, comienzas a crecer para convertirte en la persona que eres. Tu mochila carga lo que has podido ir tomando por el camino hasta aquí, lo que has aprendido, lo que has visto de aquello a lo que has estado expuesto. Pero tu mochila solo puede incluir aquello con lo que te has tropezado. No puedes meter en ella aquello que no has aprendido. No puedes meter en ella aquello que no podías ver. No puedes meter en ella aquello que nunca escuchaste. Y aún así, te juzgamos por tu mochila.

Nos sentimos con derecho a juzgar a los demás por lo que cargan y olvidamos que a menudo no tuvieron otra opción.

Juzgamos a los demás basándonos en nuestras propias experiencias y aprendizajes, que son lo único que tenemos. A menudo se nos olvida tener en cuenta qué les han podido enseñar a ellos sus propias experiencias y aprendizajes. Juzgamos al otro basándonos en nuestras opiniones aún cuando nuestras opiniones originalmente surgieran de algo sobre lo cual no tuvimos capacidad de elección. Los juzgamos por sus opiniones, algunas de las cuales tampoco tuvieron oportunidad de elegir.

Con frecuencia olvidamos que nuestras creencias y nuestra forma de ver el mundo son el resultado directo de nuestras experiencias y de nuestro aprendizaje y nos sentimos superiores a los demás hasta el punto de concedernos el derecho a juzgarlos, cuando la realidad es que tampoco nosotros tuvimos elección.

No es hasta que la persona crece que puede verse expuesta a escuchar o ver otras realidades, cuestionarse entonces sus creencias y plantearse si las quiere mantener o cambiar. Incluso entonces, ¿quién nos puede demostrar cuándo o cómo se produce ese aprendizaje? Aunque en realidad no importa, ¿verdad? Sea cual sea el conocimiento y las vivencias de esa persona, queremos que piense como nosotros, que se comporte como nosotros y que acepte nuestra forma de ver las cosas. Y que lo haga AHORA.

Un niño nacido en una aldea de la tundra siberiana y educado en un orfanato no estará preparado para juzgar lo que diga de la vida un niño de la misma edad que haya nacido en Chile en el seno de una pequeña familia que lo ama. Un adulto que nunca haya salido de su ciudad natal tendrá dificultades para comprender algunas de las cosas que le cuente una persona que haya vivido en diez países diferentes. Una mujer que nazca y crezca en las chabolas de la India no entenderá algunas de las ideas que comente una abogada noruega.

Y aún así les juzgamos.

La próxima vez que te veas juzgando a otro niño, a otra mujer, a otro hombre por su apariencia, por sus creencias, por su vida, por su comportamiento… recuerda que tal vez ese ser humano no tenga más conocimientos debido a sus circunstancias personales y evita sentirte mejor persona o superior. ¿Quién serías tú, si tus circunstancias y experiencias hubiesen sido como las de esa otra persona? Responde a esta pregunta con sinceridad y desde lo más profundo de tu corazón. Y busca al ser humano que se encuentra detrás de esas circunstancias.

Hace un par de días te decía aquí que la vida está hecha de momentos, uno detrás de otro. Muchos de esos momentos incluyen a seres humanos. La próxima vez que te encuentres juzgando a alguien, ¿por qué no intentas dedicar ese momento a compartir algunas de tus experiencias con esa persona, para que pueda comprender mejor de dónde vienes? Y ya que estás en ello, ¿por qué no le pides que te hable de las suyas, para que tú le puedas también entender un poco mejor? Si todos tuviéramos más momentos así en nuestras vidas, nuestra visión del mundo sería más amplia y profunda y podríamos comprender otras realidades y a otros seres humanos mejor. Te animo a que lo intentes.

Disfruta de la vida, de TODA ella

Jessica J. Lockhart – humanología – www.jessicajlockhart.com

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Nadie puede definir quién eres

Me gustaría contarte una pequeña historia basada en hechos reales.

Hace algunos años, cuando todavía trabajaba de intérprete simultánea, fui contratada para interpretar en una conferencia de medicina en la ciudad en la que había crecido. La víspera salí a cenar y por el camino tropecé con la que había sido mi maestra durante dos años en los primeros años de mi adolescencia. Charlamos durante unos minutos, poniéndonos al día de nuestras vidas, hasta que me preguntó qué hacía en la ciudad, ya que creía que me había marchado a vivir al extranjero. Le expliqué que era intérprete y tenía una conferencia al día siguiente. Su expresión cambió en un abrir de cerrar de ojos y, mirándome de arriba a abajo, casi me ladró: ‘No me mientas. Solo las personas muy, muy inteligentes pueden ser intérpretes. Tú nunca fuiste lo suficientemente lista. ¡Así que deja de mentir!‘ Aquella mujer había sido mi maestra durante dos cursos completos. ¿Te lo imaginas?

Aquella pobre señora no me había visto realmente jamás. Yo era un ser tan diferente de lo que ella conocía, que no pudo más que meterme en una de las cajas que ya tenía para clasificar a las personas y que fue la de los “alumnos no muy inteligentes.” No resulta sorprendente entonces que me aburriera tanto en la escuela. No es de extrañar que sacara tan malas calificaciones. Confiaba en su juicio sobre mí, lo que me llevó a verme cómo ella me veía. Al fin y al cabo, se suponía que ella sabía más que yo.

No fue hasta unos años más tarde que me trasladé a vivir al extranjero, donde tuve que defenderme por mí misma en la vida y los estudios pre-universitarios. Allí nadie me conocía. No me juzgaban ni esperaban nada de mí porque era una desconocida. Así que hice lo que pude, que resultó ser acabar con excelentes calificaciones y pasar de allí a la universidad.

Desgraciadamente, muchas de mis compañeras de escuela no tuvieron mis mismas oportunidades. Siguieron convencidas de que la limitada visión que de ellas tenía otro ser humano las definía. Y esa visión limitada se reflejaba en la que ellas construyeron sobre sí mismas, y que tan profundamente afectó a su crecimiento.

Los seres humanos a veces crecen hasta convertirse en las personas que los demás ven en ellas y no en las personas que realmente son porque confían mucho en esas otras personas, por los motivos que sean. Aquello que vemos de nosotros en las personas que nos influyen puede tristemente convertirse en la imagen que acabamos viendo de nosotros mismos.

Las buenas noticias son que eso puede cambiar en un instante. Tú, como cualquier otro ser humano, tienes el poder de mirar en tu interior y liberarte de los prejuicios y valoraciones que no tienen que ver con la persona que realmente eres. Deja de juzgarte sobre la base de lo que otros creyeron o dijeron un día. Mírate con ojos nuevos y elimina todas esas limitaciones que los demás te impusieron involuntariamente. Es más que probable que no te pudieran ver de otra manera por sus propias limitaciones.

Concédete hoy el regalo de la libertad. No esperes ni un día más. Busca en tu interior y deja de escuchar las palabras que los demás dijeron de ti en el pasado. Por el contrario, busca tus propias palabras; intenta escuchar esa pequeña vocecita callada que intenta expresarse desde lo más interno de tu ser y te dice,  ‘pero…’ Libérate de viejas cargas indeseadas y mírate con una mirada nueva. ¿Cuáles son tus VERDADERAS limitaciones, si es que las tienes? ¿Cuáles son tus AUTÉNTICAS fortalezas y virtudes? ¿Y tus talentos? ¿Qué te gustaría hacer en realidad con tu vida? Toma el control de la persona que eres hoy. Date permiso para expresar todos esos rasgos ocultos que te permitirán ser quién deberías haber sido. Ya sé que puede dar miedo al principio; después de todo, hace ya muchos años que eres esa otra persona que muestras al mundo. Pero plantéatelo de esta otra manera… ¿no te cansa no sentirte nunca auténticamente feliz? Tal vez necesites ayuda para hacerlo. Pídela. Descubre y utiliza las herramientas y métodos que te facilitarán comprenderte mejor y manejar tus viejas creencias. Cualquier buen humanólogo o coach te puede ayudar.

Nadie tiene derecho a decirte quién eres. Ese derecho es solo tuyo. Nadie tiene el poder de definirte excepto tú. Reclama ese poder ahora y permite que ese magnífico ser que hay en tu interior finalmente sea quien siempre debió ser.

Disfruta de la vida, de TODA ella,

Jessica J. Lockhart – humanología – www.jessicajlockhart.com

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