¡No lo sabía!

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La vida puede ser tan distinta dependiendo de nuestras creencias… Déjame que te cuente algo que me ocurrió. Es una historia real. No es una gran historia sino pequeñita pero me enseñó mucho.

Cuando me casé, una persona muy cercana solía venir a visitarnos a mi marido y a mí y de inmediato se quitaba los zapatos cada vez que entraba en nuestra casa. Eso me hacía sentir incómoda. La gente no se quita los zapatos en público en España. Se los quedan puestos siempre. A mi marido y a mí nos parecía una falta de respeto por parte de esa persona. Pero él insistía que era porque se sentía tan cómodo en nuestra casa.

Entonces me trasladé a Polonia. Allí la gente se quita los zapatos para entrar en las casas. La mayoría de mis amistades de otros países tenían también la misma costumbre, como los asiáticos y los noreuropeos.

Más adelante viví en Rusia. Allí hacen lo mismo, probablemente porque en invierno los zapatos y las botas están llenos de nieve pisoteada.

Esta pequeña lección me enseñó que mi creencia cultural estaba equivocada y que me limitaba, haciéndome sentir infeliz durante mucho tiempo.

Así que el día que saqué esa foto del hombre que se había quitado los zapatos en el avión, estoy segura de que muchos otros viajeros también se sintieron mal. Yo no. Tal vez la cultura de aquel hombre lo aceptara como algo completamente normal y natural.

Ahora, cada vez que alguien hace algo inesperado intento no cuestionar a esa persona sino mis creencias. ¡Y me siento tan libre!

Disfruta de la vida… de toda ella,

Jessica J. Lockhart – humanología – www.jessicajlockhart.com


…y estuve BIEN

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Hace unos días tuve que pedir una silla de ruedas. Era la segunda vez que lo tenía que hacer en mi vida. La primera fue en Disneylandia; esta en el Vaticano. No puedo hacer colas. No puedo permanecer de pie porque mi espalda dañada de inmediato empieza a quejarse. La mayoría de la gente no sabe que tengo una discapacidad. No me suelen ver cuando estoy presa del dolor porque en esos casos decido quedarme en casa. Si debo permanecer de pie en algún sitio mientras espero algo, camino de un lado al otro y eso suele evitar un daño mayor. Pero no se puede caminar de un lado a otro cuando se está a una cola. Y menos aún en colas como las de Disneylandia o Vaticano.

Así que pedí que me dejaran una silla de ruedas.

Cuando me prestaron mi primera silla de ruedas en Disneylandia me sentí fatal. No podía dejar de pensar que aquello era lo que me esperaba en el futuro, tal y como llevaban muchos años diciéndome todos los médicos. Y mi familia se sentía igual de mal.

Pero esta vez no fue así. Esta vez nos reímos e hicimos bromas.

¿Cuál es la diferencia entre entonces y ahora? La diferencia es que he aprendido a dejar ir, a soltar y eliminar. Ya no me preocupo. Ya no importa. Necesito una silla de ruedas de vez en cuando. ¿Y qué? Aún puedo seguir disfrutando de la vida y hacer lo que quiero. Tal vez necesite una silla permanente en el futuro. ¿Y qué? Eso no significa que sea menos persona o menos cariñosa, sociable o testaruda. He aprendido a apreciar que una silla de ruedas me puede aliviar el dolor. Soy muy afortunada. ¡Tengo una posible solución!

También he aprendido que puedo enfadarme y sentirme mal y no disfrutar para nada de la experiencia. En cuyo caso me perdería todo lo bueno que podría haber disfrutado. Si me hubiese enfadado y sentido mal, no podría haber disfrutado de las obras maestras de Miguel Angel o de la belleza que me rodeaba.

También he aprendido que enfadarme y sentirme mal no consigue que la silla de ruedas me resulte más aceptable, sino todo lo contrario. Al centrar mis pensamientos y sentimientos en lo terrible que es la vida, me siento cada vez peor y me doy más y más lástima.

Al decidir, SÍ, DECIDIR, disfrutar de la vida a pesar de todo, disfruté de una visita maravillosa a los museos del Vaticano junto a mi familia e incluso tuve el privilegio de saltarme todas las colas 🙂 y verlos más rápidamente que la mayoría de la gente.

Siempre digo que el optimismo no es cuestión de ver las cosas de una manera u otra sino de no rendirse. Decidí no rendirme a la infelicidad y seguir disfrutando de la vida. Tal vez lo deba disfrutar un poco más despacio que antes pero también he decidido que eso no me importe.

Disfruta de la vida… de toda ella,

Jessica J. Lockhart – humanología – www.jessicajlockhart.com


¿Qué soy?

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Vengo al mundo y siento los brazos amorosos de mi madre sujetándome. No comprendo sus palabras, tan solo su amor. Pronto veo la figura de mi padre ante mí. Aunque no sé qué me está diciendo, siento su amor.

De hecho, no tengo ni idea de qué o quiénes son.

No sé quién o qué soy yo. No me puedo ver. No tengo ni idea de quién soy.

Al transcurrir las semanas comienzo a reconocer algunos de los rostros que veo. Siento el cuidado y el amor que me dan esos seres aunque no les pueda poner nombre. También hacen unos sonidos muy graciosos. No sé que me están hablando pero sí me doy cuenta de que su tono está lleno de cariño.

Y tú, ¿eres capaz de adivinar quién soy yo? ¿Dónde estoy? ¿Qué nacionalidad tengo? ¿Imaginas cuál es el idioma que hablan mis padres?

¿Y tiene alguna importancia?

Para mí no.

Porque yo soy yo. Al nacer, soy yo, tan solo un ser humano. Un ser humano perfecto.

Todas las demás etiquetas vienen después.

Así que por ahora, no me etiquetes todavía. Deja que siga siendo perfecto un poquito más.

Disfruta de la vida… de toda ella,

Jessica J. Lockhart – humanología – www.jessicajlockhart.com