¡Suéltalo!

suelta

Cuando estiras la mano para sujetar algo y quema, lo sueltas de inmediato. Cuando coges una rosa y te pinchas, la sueltas rápidamente. Cuando alguien te entrega algo demasiado pesado para tu espalda, lo sueltas.

Entonces…

¿por qué no sueltas ese estilo de vida que te hace daño?

¿Por qué no sueltas esas relaciones dañinas o abusivas?

¿Por qué no sueltas las creencias negativas o las que te limitan?

Simplemente, suelta, deja que se vayan

Disfruta de la vida… de toda ella,

Jessica J. Lockhart – humanología – www.jessicajlockhart.com


Un viaje muy azaroso

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Mi amiga Deirdre me escribió en Facebook la semana pasada. Estaba de camino a Londres cuando su tren al aeropuerto se detuvo en mitad de ningún sitio. Tenía miedo de perder el vuelo. Parecía haber algún problema técnico. Esperó y esperó. Finalmente llegó un segundo tren, extremadamente viejo y que no daba mucha confianza. Mi amiga llegó al aeropuerto cinco minutos antes de que se cerrara el embarque.

Corrió. Corrió literalmente hasta su puerta de embarque. Ni siquiera se detuvo para facturar sus cosas y se limitó a tirar a la basura aquello que le habría hecho perder tiempo en el control de seguridad como sus productos de maquilla líquido. No tenía tiempo de ponerlos en una bolsita de plástico transparente. ¡Iba a perder su vuelo!

Corrió y corrió y llegó a la puerta de embarque cuando ya se estaba cerrando… o no. ¡Habían retrasado su vuelo! Ni siquiera se había detenido a comprobar su conexión en el panel informativo. Lo habían retrasado una hora.

Se sentó a esperar y a recuperar el aliento.

Finalmente subió a su avión y voló a Londres. Se suponía que un amigo iba a estar esperándola al llegar. Su amigo no estaba allí. Intentó mandarle un mensaje. Esperó. Nada. Le llamó. “Se suponía que me ibas a mandar un mensaje,” le dijo su amigo. “Salgo hacia allá.” Deirdre se sentó a esperar.

Cuando por fin llegó el amigo tuvieron la reunión que habían acordado y él la acompañó al tren que la iba a llevar hasta su hotel. Mientras negociaba el billete, Deirdre vio cómo se marchaba el tren que debía coger. Lo había perdido. “No te preocupes,” le dijo su amigo, “ya te llevo hasta la siguiente estación y te subes allí.”

Tampoco llegó a tiempo. Deirdre se sentó en la estación a esperar al siguiente.

Arrastrando su maleta y su cuerpo cansado, salió del tren y, cómo no, tomó la dirección equivocada para ir al hotel. Tuvo que rehacer el camino andado hasta llegar a su destino. Finalmente allí y soñando ya con descalzarse y relajarse un poco, descubrió que no había ninguna reserva a su nombre. ¡Oh, no! Estaba agotada, exhausta y solo quería llegar a su habitación y descansar, descansar, descansar.

Tras unos minutos de estrés, el recepcionista descubrió que sí que había una reserva pero… hecha con su nombre de soltera. ¡Qué extraño! Le entregó la llave y le indicó cómo llegar.

Utilizó al ascensor. Debía ir a la última planta y no estaba con ganas de subir las escaleras. Su cuerpo estaba demasiado cansado.

Al llegar a su habitación se llevó la sorpresa de que la llave no funcionaba. Mi pobre amiga Deirdre tuvo que volver a bajar a recepción para que le dieran otra. Supongo que imaginas el suspiro que se escapó de sus labios cuando se dejó caer sobre la cama del hotel. No se movió durante mucho, mucho, mucho rato.

“Pero, ¿quieres saber una cosa? me pregunta Deirdre tras terminar su relato. “En ningún momento me sentí frustrada o exasperada. Fue muy gracioso. Cualquier otro día habría estado furiosa.” Estamos sentadas comiendo mientras me cuenta su azaroso viaje. “No me sentí mal porque unos días antes de ir a Londres me ocurrió algo. Déjame que te lo cuente. Estaba conduciendo a casa. Siempre voy directa a casa después de trabajar. No me gusta detenerme para nada. Pero ese día decidí ir a hacer un recado así que me salí de la autopista para acercarme a una tienda.  No tardé más que unos minutos y pronto me encontré de vuelta en la autopista donde se había producido un atasco de dimensiones monumentales. Toda la carretera estaba colapsada. Había coches y camiones por todas partes. Miré detrás de mí y vi que también allí se estaban acumulando vehículos. Cinco minutos antes no había apenas tráfico. Sentada dentro del coche empecé a echar humo. Esperé y esperé y cuanto más esperaba, más humo echaba. Si no me hubiese parado para hacer ese recado. Si me hubiese ido directa a casa como siempre… Cuando por fin avanzó la cola me encontré con un terrible accidente y me di cuenta que se tenía que haber producido casi a la vez que yo me salía de la autopista para ir a la tienda. De no haber hecho mi recado es más que probable que me hubiese pillado y me hubiese visto envuelta. Es por eso,” me sigue diciendo Deirdre, “que no me puse nerviosa ni me importó tener que esperar durante mi viaje a Londres. Aprendí que esperar puede significar salvar la vida. Nunca se sabe.’

Gracias, Deirdre. Tienes razón. A veces nos molestamos por algo sin darnos cuenta de que tal vez sea lo mejor que nos podría pasar jamás.

Disfruta de la vida… de toda ella,

Jessica J. Lockhart – humanología – www.jessicajlockhart.com


¿Quién manda en tu vida?

Carrying a sick help and trying to help them

Elijamos lo que elijamos en la vida lo elegimos porque esperamos ganar algo con ello. Si yo le recrimino a mi hija que haga algo mal es porque espero que cambie de comportamiento. Cuando permito que los demás me digan qué hacer es porque espero que me guíen mejor de lo que lo haría yo misma. Cuando bebo demasiado es porque quiero olvidar o divertirme.

Lo hacemos todos. Todos hacemos cosas porque esperamos algún tipo de recompensa: recompensas buenas o malas, placer o dolor. Hacemos cosas para obtener placer. Hacemos cosas para evitar dolor.

Provocamos situaciones que esperamos que produzcan lo que creemos que necesitamos y queremos. Un bebé llora para pedir algo. Un adulto insulta, incita o alaba a los demás porque también quiere algo.

La mayoría de nosotros no somos conscientes de hacer algo así cuando se trata de evitar el dolor. No nos damos cuenta de que estamos haciéndolo para evitar un dolor aún mayor. Déjame que te lo ilustre: algunas personas aguantan un trabajo que odian o a un jefe que se aprovecha de ellos porque ser rechazados en otro posible trabajo dolería todavía más. O porque el dolor del desempleo sería insoportable. Prefieren aguantar el dolor de sus días desagradables a arriesgarse a sufrir aún más.

En ese sentido, todos estamos al mando de nuestras propias vidas y de nuestras decisiones. Todos elegimos lo que tenemos.

Cuando la elección es consciente, estamos al mando. Cuando no somos conscientes de estar eligiendo, nos convertimos en víctimas. Creemos que el mundo nos está haciendo pasar por lo que estamos pasando.

En el ejemplo que he citado más arriba, nos quedamos en ese puesto de trabajo por miedo y no somos conscientes de que, al elegir quedarnos, nos estamos convirtiendo en víctimas. Sentimos lástima de nosotros mismos. Dejamos que los demás decidan por nosotros. Y en nuestro interior se lo recriminamos. Sentimos que no tenemos ningún poder. Pero siempre podemos elegir. Siempre. Incluso en la peor de las circunstancias. Y cuando decidimos elegir, dejamos de ser víctimas y tomamos el control de nuestras vidas.

Otro ejemplo que me gustaría compartir contigo tiene que ver con mi propia vida. Hace ya unos cuantos años tuve una serie de accidentes de coche (sí, en plural) que me dañaron mucho la espalda y me mantuvieron durante siete años completos, todos y cada uno de los días, con dolores agudos en ambas piernas y en la espalda. Apenas podía caminar y los médicos me dijeron que la silla de ruedas era inevitable. Muchos me considerarían víctima en esas circunstancias porque yo no había provocado los accidentes. Yo diría que mi victimización comenzó en el momento que no acepté mi situación y decidí sufrir por ella.

Por el contrario, desde el momento en el que elegí volver a retomar las riendas de mi vida, dejé de ser víctima. Es cierto que no podía caminar todos los días, pero también lo es que había otras muchas cosas que sí podía hacer. Y las hice. Encontré nuevos médicos y dejé atrás mi antigua forma de vida.

Hoy, aunque sigo siendo una persona con una discapacidad, también disfruto de una vida magnífica y que me llena. Sí, es cierto que todavía tengo días de dolor físico en los que no puedo caminar o lo hago con una importante cojera. Pero estoy viva y feliz.

Algunas personas dicen que me he resignado a mi nuevo estilo de vida. No estoy de acuerdo. La resignación sería aceptar mi realidad y ya está. Pero yo intento mejorar mi realidad de manera activa. Esa es la clave, la diferencia. Yo elijo mejorar mi vida cada día, disfrutar de cada uno de sus minutos, incluso cuando tengo dolor. Esa es mi elección. Y es por eso que no soy una víctima y estoy al mando de mi vida.

Me niego a volver a ser una víctima de mis circunstancias. Yo no soy mis circunstancias. Y las circunstancias siempre se pueden cambiar. Yo elijo el placer, no el dolor. Incluso aunque el dolor parezca familiar.

¿Qué eliges tú?

Disfruta de la vida… de toda ella,

Jessica J. Lockhart – humanología – www.jessicajlockhart.com