Y aún así, juzgamos

Dadas las controversias sobre las minorías hoy en muchos lugares del mundo, quiero defender que todos nacemos como tablas rasas, sin conocimiento alguno, sin creencias, sin consciencia siquiera de nuestro propio ser.  Nacemos donde nacemos, sin ninguna capacidad de elegir. Nadie elige dónde nace.

Nacer en el seno de una familia privilegiada o en un país u otro no tiene ningún mérito. Tú no hiciste nada para merecerlo ni lo elegiste. ¿Por qué, entonces, hay tantas personas que se sienten superiores a las demás solo por eso!? Otras personas nacen en situaciones que les limitan, como entornos de pobreza, y se encuentran con muchas menos oportunidades ya desde ese momento. Pero tampoco ellas eligieron nacer allí, ¿verdad? Entonces, ¿por qué les juzgamos? ¿Por qué les consideramos seres inferiores? ¿Por qué fruncimos el ceño y sentimos que merecen menos de lo que nosotros, oh seres afortunados, sí merecemos?

El lugar en que nacemos nos expone a la cultura y al sistema de creencias de ese lugar en particular. Si naces en Europa, aprenderás ciertas cosas en la escuela; si lo haces en Kazajistán, aprenderás otras; y si da la casualidad de que ves el mundo por primera vez en una aldea de Gambia, también tu aprendizaje será diferente. En qué familia nazcas también de brindará más o menos oportunidades. Escucharás y verás ciertas cosas. Eso será lo único que conozcas, en especial durante tus primeros años de vida. Si naces en el seno de una familia adinerada, tal vez haya muchas personas que te cuiden o dediques tu tiempo a divertirte o a aprender a comportarte en sociedad. Si naces en la pobreza, tal vez dediques tu tiempo a aprender cómo encontrar alimentos o a cualquier otra tarea tan básica como esa. Y sin embargo, tampoco eso fue algo en lo que pudieras influir.

Nos sentimos con derecho a juzgar a los demás porque han nacido en otros lugares, en otros hogares, en otras culturas o dentro de otros sistemas de creencias.

Después adquieres las creencias a las que te ves expuesto. Aprendes de tus mayores. Ves y oyes aquello que te rodea. No tienes elección. Y aún así, te juzgamos.

Y, equipado con tus aprendizajes, con tus experiencias y tu visión del mundo, comienzas a crecer para convertirte en la persona que eres. Tu mochila carga lo que has podido ir tomando por el camino hasta aquí, lo que has aprendido, lo que has visto de aquello a lo que has estado expuesto. Pero tu mochila solo puede incluir aquello con lo que te has tropezado. No puedes meter en ella aquello que no has aprendido. No puedes meter en ella aquello que no podías ver. No puedes meter en ella aquello que nunca escuchaste. Y aún así, te juzgamos por tu mochila.

Nos sentimos con derecho a juzgar a los demás por lo que cargan y olvidamos que a menudo no tuvieron otra opción.

Juzgamos a los demás basándonos en nuestras propias experiencias y aprendizajes, que son lo único que tenemos. A menudo se nos olvida tener en cuenta qué les han podido enseñar a ellos sus propias experiencias y aprendizajes. Juzgamos al otro basándonos en nuestras opiniones aún cuando nuestras opiniones originalmente surgieran de algo sobre lo cual no tuvimos capacidad de elección. Los juzgamos por sus opiniones, algunas de las cuales tampoco tuvieron oportunidad de elegir.

Con frecuencia olvidamos que nuestras creencias y nuestra forma de ver el mundo son el resultado directo de nuestras experiencias y de nuestro aprendizaje y nos sentimos superiores a los demás hasta el punto de concedernos el derecho a juzgarlos, cuando la realidad es que tampoco nosotros tuvimos elección.

No es hasta que la persona crece que puede verse expuesta a escuchar o ver otras realidades, cuestionarse entonces sus creencias y plantearse si las quiere mantener o cambiar. Incluso entonces, ¿quién nos puede demostrar cuándo o cómo se produce ese aprendizaje? Aunque en realidad no importa, ¿verdad? Sea cual sea el conocimiento y las vivencias de esa persona, queremos que piense como nosotros, que se comporte como nosotros y que acepte nuestra forma de ver las cosas. Y que lo haga AHORA.

Un niño nacido en una aldea de la tundra siberiana y educado en un orfanato no estará preparado para juzgar lo que diga de la vida un niño de la misma edad que haya nacido en Chile en el seno de una pequeña familia que lo ama. Un adulto que nunca haya salido de su ciudad natal tendrá dificultades para comprender algunas de las cosas que le cuente una persona que haya vivido en diez países diferentes. Una mujer que nazca y crezca en las chabolas de la India no entenderá algunas de las ideas que comente una abogada noruega.

Y aún así les juzgamos.

La próxima vez que te veas juzgando a otro niño, a otra mujer, a otro hombre por su apariencia, por sus creencias, por su vida, por su comportamiento… recuerda que tal vez ese ser humano no tenga más conocimientos debido a sus circunstancias personales y evita sentirte mejor persona o superior. ¿Quién serías tú, si tus circunstancias y experiencias hubiesen sido como las de esa otra persona? Responde a esta pregunta con sinceridad y desde lo más profundo de tu corazón. Y busca al ser humano que se encuentra detrás de esas circunstancias.

Hace un par de días te decía aquí que la vida está hecha de momentos, uno detrás de otro. Muchos de esos momentos incluyen a seres humanos. La próxima vez que te encuentres juzgando a alguien, ¿por qué no intentas dedicar ese momento a compartir algunas de tus experiencias con esa persona, para que pueda comprender mejor de dónde vienes? Y ya que estás en ello, ¿por qué no le pides que te hable de las suyas, para que tú le puedas también entender un poco mejor? Si todos tuviéramos más momentos así en nuestras vidas, nuestra visión del mundo sería más amplia y profunda y podríamos comprender otras realidades y a otros seres humanos mejor. Te animo a que lo intentes.

Disfruta de la vida, de TODA ella

Jessica J. Lockhart – humanología – www.jessicajlockhart.com

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Nadie puede definir quién eres

Me gustaría contarte una pequeña historia basada en hechos reales.

Hace algunos años, cuando todavía trabajaba de intérprete simultánea, fui contratada para interpretar en una conferencia de medicina en la ciudad en la que había crecido. La víspera salí a cenar y por el camino tropecé con la que había sido mi maestra durante dos años en los primeros años de mi adolescencia. Charlamos durante unos minutos, poniéndonos al día de nuestras vidas, hasta que me preguntó qué hacía en la ciudad, ya que creía que me había marchado a vivir al extranjero. Le expliqué que era intérprete y tenía una conferencia al día siguiente. Su expresión cambió en un abrir de cerrar de ojos y, mirándome de arriba a abajo, casi me ladró: ‘No me mientas. Solo las personas muy, muy inteligentes pueden ser intérpretes. Tú nunca fuiste lo suficientemente lista. ¡Así que deja de mentir!‘ Aquella mujer había sido mi maestra durante dos cursos completos. ¿Te lo imaginas?

Aquella pobre señora no me había visto realmente jamás. Yo era un ser tan diferente de lo que ella conocía, que no pudo más que meterme en una de las cajas que ya tenía para clasificar a las personas y que fue la de los “alumnos no muy inteligentes.” No resulta sorprendente entonces que me aburriera tanto en la escuela. No es de extrañar que sacara tan malas calificaciones. Confiaba en su juicio sobre mí, lo que me llevó a verme cómo ella me veía. Al fin y al cabo, se suponía que ella sabía más que yo.

No fue hasta unos años más tarde que me trasladé a vivir al extranjero, donde tuve que defenderme por mí misma en la vida y los estudios pre-universitarios. Allí nadie me conocía. No me juzgaban ni esperaban nada de mí porque era una desconocida. Así que hice lo que pude, que resultó ser acabar con excelentes calificaciones y pasar de allí a la universidad.

Desgraciadamente, muchas de mis compañeras de escuela no tuvieron mis mismas oportunidades. Siguieron convencidas de que la limitada visión que de ellas tenía otro ser humano las definía. Y esa visión limitada se reflejaba en la que ellas construyeron sobre sí mismas, y que tan profundamente afectó a su crecimiento.

Los seres humanos a veces crecen hasta convertirse en las personas que los demás ven en ellas y no en las personas que realmente son porque confían mucho en esas otras personas, por los motivos que sean. Aquello que vemos de nosotros en las personas que nos influyen puede tristemente convertirse en la imagen que acabamos viendo de nosotros mismos.

Las buenas noticias son que eso puede cambiar en un instante. Tú, como cualquier otro ser humano, tienes el poder de mirar en tu interior y liberarte de los prejuicios y valoraciones que no tienen que ver con la persona que realmente eres. Deja de juzgarte sobre la base de lo que otros creyeron o dijeron un día. Mírate con ojos nuevos y elimina todas esas limitaciones que los demás te impusieron involuntariamente. Es más que probable que no te pudieran ver de otra manera por sus propias limitaciones.

Concédete hoy el regalo de la libertad. No esperes ni un día más. Busca en tu interior y deja de escuchar las palabras que los demás dijeron de ti en el pasado. Por el contrario, busca tus propias palabras; intenta escuchar esa pequeña vocecita callada que intenta expresarse desde lo más interno de tu ser y te dice,  ‘pero…’ Libérate de viejas cargas indeseadas y mírate con una mirada nueva. ¿Cuáles son tus VERDADERAS limitaciones, si es que las tienes? ¿Cuáles son tus AUTÉNTICAS fortalezas y virtudes? ¿Y tus talentos? ¿Qué te gustaría hacer en realidad con tu vida? Toma el control de la persona que eres hoy. Date permiso para expresar todos esos rasgos ocultos que te permitirán ser quién deberías haber sido. Ya sé que puede dar miedo al principio; después de todo, hace ya muchos años que eres esa otra persona que muestras al mundo. Pero plantéatelo de esta otra manera… ¿no te cansa no sentirte nunca auténticamente feliz? Tal vez necesites ayuda para hacerlo. Pídela. Descubre y utiliza las herramientas y métodos que te facilitarán comprenderte mejor y manejar tus viejas creencias. Cualquier buen humanólogo o coach te puede ayudar.

Nadie tiene derecho a decirte quién eres. Ese derecho es solo tuyo. Nadie tiene el poder de definirte excepto tú. Reclama ese poder ahora y permite que ese magnífico ser que hay en tu interior finalmente sea quien siempre debió ser.

Disfruta de la vida, de TODA ella,

Jessica J. Lockhart – humanología – www.jessicajlockhart.com

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Las historias inacabadas impiden avanzar

Bastantes de mis clientes se quejan de que se sienten atascados; que tienen la impresión que sus vidas no están avanzando. Juntos estudiamos las posibles causas, que pueden ser muchas, y con frecuencia descubrimos que se sienten así porque han desarrollado el hábito de empezar muchas cosas nuevas pero pocas veces terminarlas.  A veces, tener demasiadas cosas que hacer o demasiados planes nos puede llevar a no terminarlos realmente.  Cuando eso ocurre, permanecen abandonados pero pendientes en nuestras mentes y crean una sensación de aglomeración o congestión que nos puede bloquear y evitar nuestra evolución.

La acumulación de asuntos sin terminar en nuestra mente se convierte en una carga invisible sobre nuestras capacidades. Incluso aunque subconscientemente sepamos que están por terminar, seguiremos buscando nuevos asuntos en que ocuparnos.

Pregúntate cuántos asuntos sin terminar se ocultan en lo más profundo de tu cerebro. ¿Tienes estudios por acabar, tareas pendientes, compromisos sin concluir? ¿Tienes la impresión de que no hay suficientes horas en un día para hacerlo todo? ¿Sientes que te superan?

Esta es la forma de manejarlos:

  1. Prepara una lista con todos los asuntos sin terminar.
  2. Junto a cada uno, escribe “sí” en caso de que aún desees terminarlo y “no” si prefieres abandonarlo o dejarlo para siempre.
  3. Acepta que la lista de los asuntos “no” representa todos los planes, tareas y actividades que NO vas a continuar y que hoy decides abandonar.
  4. Retoma la lista de asuntos “sí.” Elige uno, el que sea, para que se convierta en el primero que vas a retomar Y terminar. Plantéate una fecha límite realista para su conclusión.
  5. Dedícate a terminar ese asunto hasta ahora inacabado para la fecha que hayas marcado. Céntrate solo en ese asunto hasta que esté terminado.
  6. Vuelve a la lista de asuntos “sí.” Elige el siguiente que quieres terminar y continúa por la lista hasta terminarla.
  7. No te embarques ni aceptes nuevas actividades o tareas hasta que tu lista actual de asuntos “sí” esté vacía.

Aunque para los seres humanos el compromiso es muy importante, a veces queremos hacer demasiado por diferentes motivos. Sintiéndonos comprometidos, aceptamos cosas que realmente no queremos o que, aunque en ese momento nos interesan, luego dejan de hacerlo. Aprende a decir que no y a terminar lo que comienzas, una cosa después de otra. Tu vida será mucho más cómoda y fluirá con mayor rapidez y facilidad.

A la par que se reduce la lista de asuntos pendientes se reducirá tu sensación de encontrarte atollado y sobrecogido. Al mismo ritmo que desaparezcan los asuntos de tu lista desaparecerán tu falta de energía y empuje. Pruébalo una vez y nunca más dejarás que tu lista crezca.

Disfruta de la vida, de TODA ella,

Jessica J. Lockhart – humanología – www.jessicajlockhart.com

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