Un viaje muy azaroso

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Mi amiga Deirdre me escribió en Facebook la semana pasada. Estaba de camino a Londres cuando su tren al aeropuerto se detuvo en mitad de ningún sitio. Tenía miedo de perder el vuelo. Parecía haber algún problema técnico. Esperó y esperó. Finalmente llegó un segundo tren, extremadamente viejo y que no daba mucha confianza. Mi amiga llegó al aeropuerto cinco minutos antes de que se cerrara el embarque.

Corrió. Corrió literalmente hasta su puerta de embarque. Ni siquiera se detuvo para facturar sus cosas y se limitó a tirar a la basura aquello que le habría hecho perder tiempo en el control de seguridad como sus productos de maquilla líquido. No tenía tiempo de ponerlos en una bolsita de plástico transparente. ¡Iba a perder su vuelo!

Corrió y corrió y llegó a la puerta de embarque cuando ya se estaba cerrando… o no. ¡Habían retrasado su vuelo! Ni siquiera se había detenido a comprobar su conexión en el panel informativo. Lo habían retrasado una hora.

Se sentó a esperar y a recuperar el aliento.

Finalmente subió a su avión y voló a Londres. Se suponía que un amigo iba a estar esperándola al llegar. Su amigo no estaba allí. Intentó mandarle un mensaje. Esperó. Nada. Le llamó. “Se suponía que me ibas a mandar un mensaje,” le dijo su amigo. “Salgo hacia allá.” Deirdre se sentó a esperar.

Cuando por fin llegó el amigo tuvieron la reunión que habían acordado y él la acompañó al tren que la iba a llevar hasta su hotel. Mientras negociaba el billete, Deirdre vio cómo se marchaba el tren que debía coger. Lo había perdido. “No te preocupes,” le dijo su amigo, “ya te llevo hasta la siguiente estación y te subes allí.”

Tampoco llegó a tiempo. Deirdre se sentó en la estación a esperar al siguiente.

Arrastrando su maleta y su cuerpo cansado, salió del tren y, cómo no, tomó la dirección equivocada para ir al hotel. Tuvo que rehacer el camino andado hasta llegar a su destino. Finalmente allí y soñando ya con descalzarse y relajarse un poco, descubrió que no había ninguna reserva a su nombre. ¡Oh, no! Estaba agotada, exhausta y solo quería llegar a su habitación y descansar, descansar, descansar.

Tras unos minutos de estrés, el recepcionista descubrió que sí que había una reserva pero… hecha con su nombre de soltera. ¡Qué extraño! Le entregó la llave y le indicó cómo llegar.

Utilizó al ascensor. Debía ir a la última planta y no estaba con ganas de subir las escaleras. Su cuerpo estaba demasiado cansado.

Al llegar a su habitación se llevó la sorpresa de que la llave no funcionaba. Mi pobre amiga Deirdre tuvo que volver a bajar a recepción para que le dieran otra. Supongo que imaginas el suspiro que se escapó de sus labios cuando se dejó caer sobre la cama del hotel. No se movió durante mucho, mucho, mucho rato.

“Pero, ¿quieres saber una cosa? me pregunta Deirdre tras terminar su relato. “En ningún momento me sentí frustrada o exasperada. Fue muy gracioso. Cualquier otro día habría estado furiosa.” Estamos sentadas comiendo mientras me cuenta su azaroso viaje. “No me sentí mal porque unos días antes de ir a Londres me ocurrió algo. Déjame que te lo cuente. Estaba conduciendo a casa. Siempre voy directa a casa después de trabajar. No me gusta detenerme para nada. Pero ese día decidí ir a hacer un recado así que me salí de la autopista para acercarme a una tienda.  No tardé más que unos minutos y pronto me encontré de vuelta en la autopista donde se había producido un atasco de dimensiones monumentales. Toda la carretera estaba colapsada. Había coches y camiones por todas partes. Miré detrás de mí y vi que también allí se estaban acumulando vehículos. Cinco minutos antes no había apenas tráfico. Sentada dentro del coche empecé a echar humo. Esperé y esperé y cuanto más esperaba, más humo echaba. Si no me hubiese parado para hacer ese recado. Si me hubiese ido directa a casa como siempre… Cuando por fin avanzó la cola me encontré con un terrible accidente y me di cuenta que se tenía que haber producido casi a la vez que yo me salía de la autopista para ir a la tienda. De no haber hecho mi recado es más que probable que me hubiese pillado y me hubiese visto envuelta. Es por eso,” me sigue diciendo Deirdre, “que no me puse nerviosa ni me importó tener que esperar durante mi viaje a Londres. Aprendí que esperar puede significar salvar la vida. Nunca se sabe.’

Gracias, Deirdre. Tienes razón. A veces nos molestamos por algo sin darnos cuenta de que tal vez sea lo mejor que nos podría pasar jamás.

Disfruta de la vida… de toda ella, J.