…y estuve BIEN

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Hace unos días tuve que pedir una silla de ruedas. Era la segunda vez que lo tenía que hacer en mi vida. La primera fue en Disneylandia; esta en el Vaticano. No puedo hacer colas. No puedo permanecer de pie porque mi espalda dañada de inmediato empieza a quejarse. La mayoría de la gente no sabe que tengo una discapacidad. No me suelen ver cuando estoy presa del dolor porque en esos casos decido quedarme en casa. Si debo permanecer de pie en algún sitio mientras espero algo, camino de un lado al otro y eso suele evitar un daño mayor. Pero no se puede caminar de un lado a otro cuando se está a una cola. Y menos aún en colas como las de Disneylandia o Vaticano.

Así que pedí que me dejaran una silla de ruedas.

Cuando me prestaron mi primera silla de ruedas en Disneylandia me sentí fatal. No podía dejar de pensar que aquello era lo que me esperaba en el futuro, tal y como llevaban muchos años diciéndome todos los médicos. Y mi familia se sentía igual de mal.

Pero esta vez no fue así. Esta vez nos reímos e hicimos bromas.

¿Cuál es la diferencia entre entonces y ahora? La diferencia es que he aprendido a dejar ir, a soltar y eliminar. Ya no me preocupo. Ya no importa. Necesito una silla de ruedas de vez en cuando. ¿Y qué? Aún puedo seguir disfrutando de la vida y hacer lo que quiero. Tal vez necesite una silla permanente en el futuro. ¿Y qué? Eso no significa que sea menos persona o menos cariñosa, sociable o testaruda. He aprendido a apreciar que una silla de ruedas me puede aliviar el dolor. Soy muy afortunada. ¡Tengo una posible solución!

También he aprendido que puedo enfadarme y sentirme mal y no disfrutar para nada de la experiencia. En cuyo caso me perdería todo lo bueno que podría haber disfrutado. Si me hubiese enfadado y sentido mal, no podría haber disfrutado de las obras maestras de Miguel Angel o de la belleza que me rodeaba.

También he aprendido que enfadarme y sentirme mal no consigue que la silla de ruedas me resulte más aceptable, sino todo lo contrario. Al centrar mis pensamientos y sentimientos en lo terrible que es la vida, me siento cada vez peor y me doy más y más lástima.

Al decidir, SÍ, DECIDIR, disfrutar de la vida a pesar de todo, disfruté de una visita maravillosa a los museos del Vaticano junto a mi familia e incluso tuve el privilegio de saltarme todas las colas 🙂 y verlos más rápidamente que la mayoría de la gente.

Siempre digo que el optimismo no es cuestión de ver las cosas de una manera u otra sino de no rendirse. Decidí no rendirme a la infelicidad y seguir disfrutando de la vida. Tal vez lo deba disfrutar un poco más despacio que antes pero también he decidido que eso no me importe.

Disfruta de la vida… de toda ella, J.