¿Qué puede salir bien?

La mayoría de las personas crecen creyendo que podrán evitar los problemas y las dificultades si planifican el futuro con cuidado. Otros dedican muchas de sus horas a preocuparse por lo que pueda ocurrir y a intentar diseñar maneras de evitarlo. ¿Y si te dijera que todos ellos están malgastando su tiempo?

 

Muchas sociedades actuales educan a sus jóvenes para que planifiquen con antelación y se preparen para cualquier problema u obstáculo que pueda surgir. Como resultado, mucha gente pasa una gran parte de sus horas sumergida en un futuro aún por crear, diseñando maneras de responder ante unas amenazas aún inexistentes. Todas esas horas consumen mucha energía y recursos y acaban creando planes que muy pocas veces sirven, puesto que la realidad tiene el extraño hábito de convertirse en algo bastante inesperado.

Cuando somos niños, nuestros padres hacen todo lo que está en su mano para enseñarnos a planificar y prepararnos para el futuro. Intentan convencernos que, de no hacerlo, se producirá de forma inevitable un terrible caos y sufriremos necesidades horribles. No planificar lo que está por venir se considera prueba de una profunda insensatez. Entonces vamos a la escuela y nuestros sistemas educativos se centran una vez más en los mismos principios. Para cuando dejamos la escuela, la mayoría de nosotros estamos permanentemente preocupados y, por ende, estresados casi todo el tiempo.

Pero, ¿hasta qué punto resulta de verdad útil este enfoque? ¿Cuántas situaciones reales hemos sido capaces de manejar mejor dedicándoles incontables horas de planificación y diseño? No tantas, diría yo.

Planificamos, sí, pero entonces ocurre algo del todo inesperado y nuestra solución, cuidadosamente estudiada, se convierte en inútil. Nos preocupamos e intentamos adelantarnos a cualquier posible complicación en nuestras situaciones para más adelante descubrir que las cosas se han resuelto por sí solas o han dado un giro inesperado que no se nos había ocurrido. ¡Todas esas horas malgastadas!

Además, según rumiamos los problemas y bosquejamos soluciones, el estrés y la frustración crecen en nuestro interior. Nunca podemos estar seguros de que la línea de pensamiento que estamos siguiendo sea la correcta porque todavía no estamos en el futuro que tanto nos consume y de ahí que no la podamos probar. Por lo que seguimos planteándonos y analizando otras posibilidades, por si acaso. Esa constante búsqueda se nutre de nuestra energía y nos agota, dejándonos exhaustos. Pensar demasiado puede ser tan negativo como no pensar lo suficiente.

Hoy me gustaría proponerte un enfoque diferente. ¿Y si estableciéramos una cantidad de tiempo determinada para preocuparnos y planificar? Por lo habitual, cuando dedicamos una cantidad de tiempo LIMITADA  a intentar encontrar una solución a un problema o a prepararnos para lo que sea que haya que prepararse,  conseguimos concentrarnos del todo en la cuestión. Sabemos que no disponemos de todo el día, por lo que acabamos dedicando esos minutos a abordar de forma más sabia cómo hacer lo que hay que hacer. Una vez se termina el tiempo que nos habíamos asignado, hemos de dejar de preocuparnos y planificar. ¿Por qué? Porque preocuparnos durante más tiempo no garantiza que vayamos a encontrar una mejor solución.  Si no hemos encontrado la respuesta en el tiempo asignado, rara vez lo haremos expandiendo ese plazo hasta el infinito.

La idea es dejar de pensar en ese problema o planificar y dedicar la misma cantidad de tiempo a plantearnos qué podría salir bien. ¿Por qué? Hay muchos motivos. Veamos…

  • Nos sentimos más motivados, esperanzados y felices, y eso lleva a nuestro cerebro a segregar sustancias como la serotonina, las endorfinas y la dopamina que producen bienestar.
  • Desconectamos de los pensamientos estresantes, lo que hace que nuestro cerebro deje de liberar un exceso de productos que nos llevan a estar tensos, como la adrenalina y el cortisol.
  • A veces encontramos soluciones inesperadas al problema que nos preocupa porque abrimos nuestra mente a nuevas posibilidades y nos damos la oportunidad de tomar aire.
  • Adoptamos el hábito constructivo que nos lleva a vivir los procesos de planificación y preocupación con mayor placer y esperanza porque culminan con una fase de «¿qué podría salir bien?»
  • El proceso puede incluso acabar provocándote alguna sonrisa y , ¿a quién no le gusta sonreír?

Si el problema persiste o hace falta planificar algo más, podemos volver a comenzar estableciendo más tiempo para preguntarnos «¿qué puede salir mal?» seguido de más tiempo de «¿qué puede salir bien?» Al alternarlos obtenemos lo mejor de ambos esfuerzos.

La próxima vez que te des cuenta que te preocupas demasiado o que dedicas un exceso de tiempo a planificar el futuro, date un respiro e intenta plantearte qué sí puede salir bien. Los resultados te sorprenderán.

Disfruta de la vida… de TODA ella,

Jessica J. Lockhart – humanología – www.jessicajlockhart.com

Jessica J. Lockhart es humanóloga, escritora y reconocida oradora internacional. Síguela aquí:
Jessica J Lockhart, EzineArticles Basic Author

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